jueves, 29 de diciembre de 2011

Volver


Y el ansiado, temido y cacareado regreso, aconteció. Volví a Medellín en plan de vacaciones, en pleno fin de año y por momentos me da la impresión de no haberme ido nunca. Volver a lo propio, al lugar que es de uno y que conformó gran parte de lo que uno es, se torna una operación casi natural. 


La ciudad tiene cosas nuevas, pero es en esencia la misma y estar en ella, recorrer sus calles y visitar los lugares que me gustan es como retomar la vida luego de haberle puesto “pause", como a una película. Al menos eso parece al principio y a grandes rasgos, porque entrados en detalles y mirando más de cerca, la película no se detuvo. Por supuesto que no lo hizo pues, para empezar, no es una. Las vidas de todos siguieron su rumbo y algunos ya no viven en las casas que conocí, otros están casados, algunos cambiaron de trabajo o salieron de la universidad, mi gato ahora ya no es sólo mi mascota sino la de toda la familia y el tiempo hizo pequeñas fisuras en los vínculos, imperceptibles la mayoría pero que en ciertos momentos se perciben. 


Nada es grave ni irremediable; todo hace parte del camino que elegí recorrer este año y que me llevó un poco más lejos que de costumbre, más al sur, donde estaba puesta desde hace mucho una parte de mis sueños. No diré que ha sido fácil: en otros escritos he dejado entrever las dudas, la tristeza, las incertidumbres. Sin embargo, no tengo nada de qué quejarme: ha sido lo que quise, lo que decidí y he vivido también momentos maravillosos, me he reído a carcajadas, he conocido la tranquilidad en todas sus formas, he aprendido lo indecible. 


Los que me conocen hace tiempo y están aquí, en el lugar al que volví y desde donde hoy escribo, han sabido acompañarme en mi decisión y en la distancia, haciéndola menos pesada y abriendo de nuevo sus brazos a mi retorno, haciéndome otra vez un lugar en el mundo. Y los que están allá, en mi nuevo espacio vital, me han recibido con toda la disposición para hacerme sentir como en casa, para mostrarme cómo se vive lejos de ella y cómo es posible querer a más personas, hacer nuevos amigos y reconocer las muchas caras que tiene la existencia. 

A los de aquí, a los de allá, a los virtuales, infinitas gracias por haber hecho de este año uno que jamás voy a olvidar.



lunes, 5 de diciembre de 2011

Buenos Aires, a solas con vos


Se me va la vida parodiando títulos, lo sé. Usaré en mi defensa a Kundera, quien sabiamente dijo: “Gente hay mucha, ideas pocas: todos pensamos aproximadamente lo mismo y las ideas nos las traspasamos, las pedimos prestadas, las robamos”

Esta vez el parodiado es Gonzalo Arango (1), que tuvo su momento de soledad con Medellín y le dedicó algunas de las palabras más bonitas que le han dicho a esa ciudad de contrastes y pasiones. No pude evitar pensar en “Medellín, a solas contigo” a partir de mi experiencia de los últimos días en Buenos Aires, ciudad que ha vuelto a recibirme momentáneamente antes del viaje de vacaciones a Colombia.

A diferencia de mi primera vez como su habitante de tiempo completo, llego a un lugar que ya conozco, que puedo recorrer sin preguntar…

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Sola en Buenos Aires. Sola y en una casa vacía. La ciudad, mi soledad y yo hechas una cada noche, rodeadas de silencio y de un viento que llora en vez de silbar, que por momentos parece gritar. Oscuridad parcial y una ventana en un piso muy alto, edificios que se apiñan unos sobre otros y que no me permiten ver ni siquiera el Obelisco, pese a que la zona en que se encuentra debería estar –al menos en teoría- dentro del campo visual que esta altura me otorga.

Cemento y más cemento, y montones de lucecitas rojas que titilan y se burlan de mi incomunicación forzada, me recuerdan que allá afuera hay miles de casas que cuentan con televisión satelital e internet, mientras yo a duras penas cuento con una lámpara para moverme por la casa. Con el paso de los días he dejado de necesitarla. El espacio es pequeño y no hay mucho con lo que pueda tropezarme, así que prefiero apagarla para hacerla cómplice de la oscuridad.

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Ah, la oscuridad, ese bien tan escaso desde hace poco menos de un mes, cuando la primavera decidió vestirse presurosamente de verano y hacer que los días sean larguísimos y las noches de una brevedad que me agobia y me entristece porque soy de esos seres tipo gato, que prefieren el silencio y la penumbra, que no saben qué hacer con tanto calor y tanta luz. Pero Argentina es así, un país con estacione, de extremos, y me dio ya su cuota de días helados y grises que también fueron difíciles porque yo estaba acostumbrada a días –digamos– balanceados, con sol entre las 6 y las 18 y oscuridad las 12 horas siguientes. Pero qué se le va a hacer, es el karma de vivir al sur que tengo que asumir por haber abandonado el centro de la tierra.

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Vuelvo a Buenos Aires y mi soledad en ella. Del cemento he dicho suficiente, pero no hablé todavía del ritmo de las calles, de su “acelere” perpetuo, ese estado vertiginoso que no se detiene ni en domingo. Ayer salí a caminar por Corrientes y estaba igual que en un día se semana, con mares de gente que caminaban también, iban al teatro, buscaban libros, miraban un partido de fútbol, y no uno cualquiera, pues la emoción podía respirarse y su causa estaba reflejada en esas camisetas azules y amarillas que muchos lucían con orgullo y felicidad, haciendo de cualquier esquina o café un ámbito de complicidad y camaradería. Buenos Aires ayer se llamaba Boca Juniors, o al menos eso decía el eco de los cánticos que brotaban por donde quiera que pasaba y que en la 9 de Julio con Corrientes tomaba cuerpo en una masa cargada de banderas que celebraba cada gol como si su vida toda dependiera del resultado del partido. Y tal vez lo hace, o al menos lo parece en esos 90 minutos en los que ninguna otra cosa importa y sólo puede respirarse una pasión que vibra y que los une a todos por un rato, los saca del cacareado individualismo porteño.        

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Recordé que siempre me ha parecido mágico ese efecto de cohesión que propicia el fútbol y que disfruto enormemente de esos momentos de finales nacionales o mundiales cuando uno sabe que en cada casa hay al menos una persona frente al televisor, con la vida suspendida mientras el partido se juega, y son entonces millones de personas listas para lamentarse o celebrar lo que suceda. Pocas cosas me sobrecogen tanto como el grito generalizado de “goooooooooooooool” o la exclamación de un “Uhhhh” cuando algo sale mal, y que hacen eco sobre la ciudad, un eco espontáneo que producen todas esas voces que se expresan al unísono sin haberse puesto de acuerdo previamente, sin estar reunidas en ningún lugar particular, estando por una vez cada tanto tiempo conectadas en torno a lo mismo, a un ideal superfluo quizá, pero que da cuenta de que existe al menos la posibilidad de comunión, aunque no dure. Lo efímero no quita lo sublime.

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Cosas así me hace pensar Buenos Aires cuando estoy a solas con ella, y otras tantas que tal vez escriba después, cuando el cansancio deje de vencerme. 



(1) Aquí, "Medellín, a solas contigo": http://www.gonzaloarango.com/ideas/medellin.html

sábado, 26 de noviembre de 2011

Más duele

No sé si duele más, pero se ve distinto, tristemente peor. Hablo de mi país, de esa Colombia que se sigue desangrando sin clemencia, esa en la que hace ya demasiados años no pasa un solo día sin que alguien sea asesinado. El sábado fueron cuatro más, cuatro miembros de la fuerza pública que llevaban más de una década secuestrados y a los que las FARC asesinaron por la cercanía del ejército, como si no les hubieran quitado ya suficiente vida, como si ese secuestro prolongado no hubiera sido más que atroz.

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Trato de ser objetiva, de pensar que es una probabilidad que siempre estuvo, que la lógica de la guerra es así. Pero de sólo pensarlo, me asalta el desconcierto: ¿cuál lógica de la guerra? ¿acaso tiene sentido la guerra, sobre todo esta que consume a Colombia hace tantos años? Por supuesto que ha de tener alguno, que es rentable para muchos, no sólo económica sino también políticamente. Claro que hay una lógica ahí, perversa, pero lógica al fin y al cabo, una de tantas posibilidades de esa naturaleza humana ante la que yo, como psicóloga, no me debería sorprender. 

Pero el saber no lo libra a uno del sentir, todo lo que he leído no me alcanza para entender lo que sucede o, más bien, para comprender que haya tanta gente dispuesta a vivir matando y mucha más gente acostumbrada a vivir entre muertos, a veces pasándoles literalmente por encima para ir a estudiar o a trabajar. Me digo también que eso es comprensible, que es un mecanismo adaptativo, que de otra manera habría sido insufrible la existencia para varias generaciones de colombianos, incluyendo la mía. Sólo que de lejos se me hace increíble que de verdad hayamos aprendido a vivir así y estemos tan poco interesados en dejar de hacerlo, que sigan siendo tan pocas las voces que se levantan contra la violencia, la desigualdad, la corrupción, la falta de oportunidades, los abusos del estado y de los grupos armados, y otros mil problemas que tenemos y que nos parecen tan normales, o al menos tan parte de lo que somos que ni nos inmutamos por cambiarlos. 

Nunca me he sentido ni orgullosa ni avergonzada de ser colombiana, puesto que la nacionalidad no se elige, pero la distancia sí ha hecho que piense más detenidamente en lo que implica, en los estigmas que cargamos y nos encargamos de perpetuar, en la forma tan dañina que tenemos de relacionarnos con el mundo, sobre todo con el más cercano, el que menos vemos.

Como escribía hace poco en twitter, a veces me parece que Colombia no es un país, es un colapso con presidente. Y tanto del colapso como del presidente somos todos responsables, por más que no esté dentro de nuestros planes aceptarlo. 









viernes, 4 de noviembre de 2011

Cerca de la revolución

El ángel vigía. Así se llamaba el recital de Charly al que fui hace un par de semanas en Buenos Aires. Ya sabía yo que iba a morir de la emoción, pues bastaba poder escuchar Desarma y sangra en vivo para que la felicidad ante tanta belleza me invadiera. Y claro que eso pasó, pero las emociones fueron más. Sobre todo porque no esperaba ver a un Charly tan lúcido y tan conectado con el público, pues hace años nos tiene acostumbrados a actuaciones erráticas y olvidos de letras que le perdonamos siempre porque a un dios no se lo juzga.

Iba preparada para verlo no tan bien, y mi sorpresa fue inmensa cuando lo descubrí lleno de energía, bailando, tocando el piano y acompañado por una banda fenomenal con un nombre provocador: The prostitution. Al principio todo era silencio y cuando empezaron a proyectar las carátulas de todos sus discos acompañadas de pequeños fragmentos de canciones, supe de una forma contundente lo que había presentido siempre: que de Charly y todos sus grupos es la banda sonora principal de mi vida, así como la de muchos otros que han descubierto en la hermosura desgarrada de sus letras un espejo de las propias angustias y alegrías.

Muy pronto dejé de cantar y comencé a gritar, a unirme a ese coro espontáneo que atestaba el Gran Rex y que adoraba a ese genio que le ha visto mil veces la cara a la locura y a la muerte hasta volverlas sus eternas compañeras, las que persisten pero no se lo pueden llevar a ningún lado porque la vida que lo inunda siempre ha sido más fuerte.

Al borde de la euforia clamé I´m not in love, y ya cerca del delirio, con los ojos cerrados y subida a una silla (de la que después amable y civilizadamente me pidieron bajar) descubrí lo profundo que me llega la letra de Esos raros peinados nuevos.

Todo era fuerza y fiesta, rock en estado puro que llegó al éxtasis cuando después de mucho pedir que regresara nos dio tres canciones más que no estaban incluidas en el programa: Cerca de la revolución, Fanky e Instituciones, esta última ya sin la parsimonia de Sui Generis, vuelta energía desbordada, convertida en rabia y más rock.

Les dejo algunas fotos y vídeos, todos pésimos por la distancia del escenario y la precariedad de mi cámara, pero una muestra al fin de lo que viví esa noche:


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lunes, 31 de octubre de 2011

Siete meses sin coger

(En realidad van a ser ocho, pero prefiero los números impares)


Hace tiempo venía pensando que tenía que escribir sobre esto, pero no ha sido fácil. Hay temas que uno no sabe cómo abordar, que son espinosos, que pueden resultar hasta incómodos para algunos, demasiado personales. Pero se llegó la hora de decirlo: Argentina me arrebató el inmenso placer de coger. 

Y me lo quitó -¡vaya paradoja!- porque aquí le dan un solo y orgásmico sentido a ese polifacético verbo que, en mi tierra, se usa para todo: uno coge desde el bus hasta la cuchara y le dice a los amigos "cogeme esto" (señalando cualquier objeto) y ellos lo toman por vos y te lo pasan, sin mirarte lascivamente. Uno también "se las coge en el aire" cuando entiende mensajes ultracifrados, coge impulso y, por si fuera poco, a uno lo coge la tarde, la pereza, el desaliento, el sueño. Cuando alguien pregunta cómo llegar a algún lado, uno le dice "coja derecho por aquí tres cuadras y llega" y si de hablar de guerrilleros se trata, las señoras explican que tal o cual muchacho "cogió pa´l monte". Se "coge" a alguien en la mentira cuando se descubre un engaño, se cogen materias y seminarios en la Universidad... ¡¡¡hasta los vicios se cogen!!! (¿Se acuerdan de sus  mamás quejándose de que el niño cogió el vicio de no tender la cama, o cualquier otro?). 

Cogiendo se nos va la vida... pero acá no se puede. Acá todo se toma o se agarra. Y a veces funciona: tomar el colectivo suena sensato o agarrar los libros, pero son muchas las expresiones que no pueden usarse ya, no sólo porque algunas no van a entenderlas, sino también para evitar miradas de reproche o risitas maliciosas ante un "cogeme la mochila", que era una solicitud inocente.

Es sumamente complicado manejar el destierro lingüístico de un verbo tan útil, tan cargado de sentidos. Lo único que me consuela es que los colombianos no somos los únicos que sufrimos: he hablado con españoles, mexicanos, ecuatorianos, venezolanos y todos padecen como nosotros esa pérdida obligada. Ya cogeremos tranquilos cuando volvamos. 

Como dato curioso, les cuento que el Diccionario de la RAE incluye 32 acepciones del verbo coger y aquella que se refiere a "realizar el acto sexual" (sic) es la 31. Pa´ que piensen quiénes son los raros. (Compruébelo aquí: http://buscon.rae.es/draeI/SrvltConsulta?TIPO_BUS=3&LEMA=coger)





miércoles, 12 de octubre de 2011

Ni de aquí ni de allá

Una de las sensaciones recurrentes en los inmigrantes es la de no pertenecer a ningún lugar, sentirse lejos de la tierra originaria y, al mismo tiempo, no estar del todo en el nuevo sitio. Es como estar en el limbo y, sobre todo al principio, cuando son sólo meses lo que ha transcurrido, uno no sabe muy bien para dónde mirar, si privilegiar el ser o el estar. Porque claro, uno sabe muy bien de dónde es, y se acuerda de un millón de cosas, y puede pretender casi casi no haberse ido, no cambiar la hora del reloj, mantenerse conectado a cuanto servicio de contacto existe (skype, gtalk, facebok, messenger, por citar los más comunes), preparar sólo comida colombiana y reunirse con compatriotas (cosa por lo demás nada difícil en Argentina)... Pero eso es un autoengaño supremo, una forma de negación malsana. Estamos aquí, y lo estamos porque quisimos; nadie nos obligó a venir y hasta ahora no he conocido al primero que haya llegado coartado o porque viene huyendo de algo. 

Hasta ahí tengo las cosas claras y procuro actuar en consecuencia. Lo que me hace entrar en crisis son otras cosas, asuntos nimios como el acto de comprar libros u objetos, pues sé que en todo caso he de volver y, cuando ese momento llegue, no sabré qué hacer con todas las cosas adquiridas, con aquello que voy consiguiendo sin darme mucha cuenta y que terminará por suponer más peso en mi equipaje, hasta llegar a un punto en que quizá ni el sobrecupo del avión me alcance. 

Es algo idiota y trascendente al mismo tiempo: me digo que estoy aquí, que necesito sentir que este es mi lugar por unos años, pero al mismo tiempo me asalta esa idea de que es temporal, de que no puedo arraigarme, que tengo que encontrar alguna forma de estar tranquila pero sin acomodarme del todo, porque tarde que temprano llegará el día de volver. Y entonces todo se pone peor: ¿volver adónde? ¿volver cómo? Mi vida de antes no me espera, el lugar que allá tenía ya no es mío, mis cosas están desperdigadas en casas y en cajas, mis amigos y yo misma hemos cambiado... quizá ni mi gato va a reconocerme.

Tal vez estas cosas no le preocupen a todos los viajeros de la tierra y sean sólo pensamientos absurdos en malos días. Pero constituyen mis pequeñas angustias cotidianas, mis preguntas por lo que es y lo que será, por las implicaciones que sobre el ser tiene el estar. 

No soy de aquí no soy de allá. Y lo malo es que ser feliz no es mi color de identidad. 




martes, 27 de septiembre de 2011

Y llegó la primavera

Después de un invierno que temí más de la cuenta y al que sobreviví menos estoicamente de lo que supuse, llegó por fin la primavera. Y su llegada era algo muy anhelado, para los de aquí porque significa que vuelve el solecito y para mí porque era una especie de retorno a mi ciudad, a mi Medellín, donde se supone que la primavera es eterna. Lo primero que pensé fue que, justamente por eso, sería muy exigente con ella, pues ha sido mi estación perpetua y conozco sus mañas, sus colores, su carácter a veces bipolar pero jamás extremo.

El 21 de septiembre es un día que se espera con ansia en Argentina, y todo se suspende, la gente se viste de colores, no hay clases y todos van sonriendo, regalándose flores, en un ambiente tan festivo que es imposible no contagiarse de esa emoción que llega misteriosamente con el clima y que además de flores viene con mensajes y con felicitaciones.

No es un día normal porque justamente la primavera no es habitual aquí y tiene su plazo, el más esperado por todos. Ver semejante emoción ante lo que para mí se suponía cotidiano me hizo sentirme feliz de haber salido de esa obviedad del tiempo, pasar por la experiencia de las estaciones y descubrir cómo los cambios afectan todo el entorno, el semblante de las personas, los colores de la ciudad, de la ropa, de los árboles. 

Fue hermoso caminar por la ciudad y ver los parques llenos de estudiantes, de música, de vendedores de flores... sentir la vida vibrar dentro de mí, abrirme para que esa fuerza luminosa tomara parte en mi ser y se abriera otro plazo, otra forma de estar aquí.

Es bueno cuando las cosas no se pueden dar por descontadas, cuando van y vienen y no son una seguridad a la que uno se acostumbra. Aquí, donde la primavera no es eterna, fui feliz celebrando su llegada, escuchando a Vicentico en una plaza atestada de gente, embriagándome de la alegría de otros que llegó a volverse mía. Pero también fui feliz por mi ciudad y el regalo de su primavera permanente... qué envidia les da a todos cuando les cuento cómo se vive en Medellín. 


viernes, 16 de septiembre de 2011

Cuando Buenos Aires se volvió paisaje

Lo más triste de vivir en Argentina es que Buenos Aires ha perdido su encanto literario.


Ir allí dejó de ser un sueño para convertirse en la cosa más sencilla (y a veces tediosa) del mundo: tomar un colectivo y tener fe en que el tráfico esté tranquilo y, sobre todo, en que no haya ningún piquete o manifestación en la autopista, ningún paro de empresas transportadoras. Ya no hay magia en Buenos Aires. Es una ciudad tan real que me robaron dos veces en cuatro meses, más de los atracos que tuve que sufrir en Medellín en toda mi vida.

Sigue siendo hermosa y majestuosa, sigue habiendo mil cosas interesantes por hacer, pero sus calles son ya paisaje conocido, su ritmo acelerado me envenena, sus librerías son tantas y tan inmensas que ni siquiera sé hacia dónde mirar. Tal vez la abandoné demasiado prematuramente, pues sólo un mes viví en ella y desde entonces La Plata es el lugar que he aprendido a hacer mío y es tan distinto, tan tranquilo, tan pequeño. 


De La Plata nunca esperé nada, supe a duras penas que existía y no recuerdo haber leído antes sobre ella. No albergaba ninguna esperanza, no la había idealizado, no conocía una sola foto que me permitiera tener una imagen previa de ella y no estaba entre los lugares que soñaba conocer. Y fue mejor así. Despojada de ilusiones, llegué a ella con la sola disposición de conocerla y no deja todavía de sorprenderme. Ya hablé en otro momento de su misteriosa perfección, pero no es sólo eso lo que la vuelve una ciudad donde da gusto estar. Es sobre todo que es un lugar acogedor, que aunque para muchos es de tránsito (por aquello de los muchos estudiantes que vienen de distintos lugares del país y del mundo), no se vuelve un mero lugar de paso, y menos de paseo. 


Para los inmigrantes que venimos a estudiar, y que somos muchos, tiene todo el sentido la canción de Facundo Cabral (oriundo de aquí y trágicamente asesinado): No somos de aquí ni somos de allá, pero la ciudad nos ayuda a sentirnos menos extraños, cosa que presiento no sucede del mismo modo en Buenos Aires. Aquí somos menos y eso nos vuelve también menos anónimos, menos invisibles, y el ritmo es otro, no hay que correr tanto, no nos miran como turistas sino como estudiantes y eso también implica un cambio radical en el trato.


Si por alguna razón que por ahora no está en mis horizontes, decidiera quedarme a vivir en Argentina, creo que me quedaría en La Plata e, igual que ahora, iría a Buenos Aires un par de veces por mes a ver a algunos amigos y hacer recorridos turísticos con esos que vienen por algunos días y quieren ver lo que nos enseñaron que hay que ver: San Telmo, el Obelisco, El Ateneo, Puerto Madero, el Cementerio de Recoleta... Lo bueno es que también puedo llevarlos a otros lugares menos rimbombantes que he descubierto y he aprendido a querer, bares menos céntricos, como el de Roberto y un Havanna especial donde va a atendernos una amiga argentina que adoro y que, tal vez, hasta termine por regalarnos el café.

lunes, 22 de agosto de 2011

Mi vida sin montañas

Jamás imaginé que las montañas iban a llegar a hacerme falta. Eran a tal punto parte de mi vida cotidiana que no tenía la más mínima consciencia de lo importantes que se habían vuelto para mí. Pero bastaron unos días en Buenos Aires y mi primer viaje a La Plata para empezar a sentir que había algo demasiado extraño en ese nuevo paisaje, algo que no tenía nada que ver con la arquitectura, la cual sabía muy distinta de antemano. Lo que se me hacía rarísimo era la ausencia de montañas y de los innumerables tonos de verde que crecí viendo en mi ciudad y que me acompañaron en casi todos mis viajes por Colombia, pues la cordillera de los Andes nos atraviesa de lado a lado y es raro ir a algún sitio desde el que ninguna protuberancia en la tierra pueda divisarse. Tanta planicie sólo conseguía asociarla con la Costa Atlántica y, más especpificamente, con Ciénaga (Magdalena), vaya uno a saber por qué.

Hay algo de angustiante en el horizonte infinito, en esa inmensidad en la que se juntan tierra y cielo a lo lejos sin que nada se interponga. Hay también mucha monotonía, demasiado de lo mismo, una uniformidad que cansa. Las montañas le dan al espacio colores y formas muy variados y lo dotan de una inmensidad distinta, menos infranqueable, aunque escarpada. 

Extrañar esas sinuosidades me hizo percatarme de la influencia que ejercieron en mí los símbolos antioqueños, especialmente el himno, que canté siempre tan alegre y que de lo primero que habla es de la libertad y las montañas, dos cosas muy valiosas. Y entonces descubrí que por más que tiendo a ser desapegada, hay cosas que no pueden no hacer falta en la distancia y me descubrí triste ante la visión de tantísimo horizonte.

Luego pasó que en las vacaciones de invierno viajé a Córdoba y allí, por fin, volví a ver montañas verdes y como tostadas por el frío, pero montañas al fin, cortes necesarios en el horizonte, puntos que hacen sentir que hasta allá se puede llegar con un poco de esfuerzo para mirarlo todo desde otro punto de vista, para no estar condenado a una sola dimensión, para percibir las formas y los colores de lo que se queda abajo: los trazados de las calles, la gente y los autos que se mueven, los caminos sin pavimento, las hileras de árboles. Una montaña es un lugar para esconderse, para ampliar la perspectiva, para hallar un silencio puro y tender al azul del cielo, tan bonito como es algunas veces.

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Arriba, Medellín, su cielo y las montañas que extraño. Abajo, las montañas de Córdoba que me alegraron las vacaciones.

domingo, 7 de agosto de 2011

Pasajera en tránsito -más que- perfecto

Vengo del caos a una ciudad extrañamente perfecta. De una ciudad hecha de a poquitos y sin planeación alguna a otra que fue trazada centímetro a centímetro y cuyo mapa es un cuadrado perfecto atravesado por diagonales.




Nada se parece menos a un mapa que el de La Plata, que más se asemeja a un tablero de parqués* de esos de seis jugadores que sólo llegué a ver en fincas alejadas donde el tiempo pasa tan despacio que se necesita la versión larga del juego para poder matarlo (al tiempo, se entiende).


Uno camina por las calles de La Plata y sabe que, indefectiblemente, cada seis cuadras se encontrará con una plaza inmensa llena de verde, de bancas, de gente que se las apropia y las disfruta. También sabe -y este es un descubrimiento aciago y temprano- que en algún momento va a toparse con un cruce de calles fuera de lo común, en el que una diagonal aparece para, súbitamente, desconfigurar todo sentido de la orientación y llevarlo a uno exactamente al otro lado de donde quería ir. Las diagonales son cosas a las que todo recién llegado teme porque no hay ninguno que no se haya extraviado alguna vez por su causa, y hasta los más avezados caminantes platenses dudan a veces de qué ruta tomar cuando se encuentran con una de estas calles que cruzan y entrecruzan esta ciudad minuciosa.


Su centro reposa en la mitad exacta de la Plaza Moreno, que a su vez ocupa el centro preciso de todo el cuadrado y que, vista desde la torre de la Catedral, replica el mapa de toda la ciudad. Casi podría decirse que La Plata es una ciudad fractal cuya estructura se repite plaza a plaza, cuadrante a cuadrante, como si fuese un imperativo que la excelsitud estuviera reflejada.


No deja de ser extraño saberse un ser imperfecto, venido del reino de la improvisación, para dedicarse ahora a circular cual fichita solitaria por caminos rectos y sin sobresaltos, sin curvas peligrosas, sin sendas que empiezan y se terminan caprichosamente, tal como ocurre en los lugares comunes de mi ciudad original y los de tantas otras ciudades "normales".

Descubro el agua tibia mientras escribo: que la perfección no es normal, como no es normal que una ciudad esté habitada principalmente por estudiantes... pero La Plata es así: rarísima y hermosa, acogedora, verde, misteriosa. Y heme aquí, más maravillada que simplemente sorprendida, y aprendiendo otras maneras de  ser y de habitar. 




*Parqués: Juego que se practica en un tablero con cuatro salidas en el que cada jugador, provisto de cuatro fichas del mismo color, trata de hacerlas llegar a la casilla central. El número de casillas que se ha de recorrer en cada jugada se determina tirando un dado.

viernes, 8 de julio de 2011

Rayuela, el libro que es muchos libros

Voy a pretender que acabo de leer por primera vez Rayuela. No es cierto que así sea, aunque sí lo es que lo estoy releyendo una vez más, dejándome sorprender por la belleza y la profundidad de sus palabras, por la forma como cada personaje va tomando forma y dibujándose etéreo en mi mente mientras leo.

Sólo cuatro líneas y me percato que he de cambiar de planes. No puedo pretender algo falso para invitar a quienes no lo conozcan a que se aproximen a Cortázar. Hablaré de mis impresiones reales, de mi experiencia de mucho años con el libro puzle.

Lo primero que conocí, tal vez como muchos otros, fue el capítulo 7: "Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera...” ¿Cómo no querer seguir leyendo un libro donde había una hermosura tan transparente? Además, el amor es el mejor aliciente para emprender nuevos proyectos, y si a mi amado de entonces le causaba Cortázar tal fascinación que pudo recitarme aquello, era evidente que bien valía la pena aventurarse en su universo.

Conseguí Rayuela un día cualquiera de plena adolescencia en una mesa de libros leídos: era la edición verde de Oveja Negra, pésimamente encuadernada. Fue sólo abrirlo para darme cuenta de que no era un libro cualquiera. Tenía una ruta extraña, sin lógica aparente, que el autor me proponía seguir. Y el primero en recibirme era César Bruto, con sus reflexiones eséntricas y esóticas. No había duda de que me iba a divertir.

Sin embargo, fue mucho más que diversión lo que encontré en el intrincado laberinto de ese juego que tendía al cielo. Cada personaje, cada encuentro narrado, cada soliloquio de Oliveira, llegaba hasta lo más hondo de mi ser, ponía en palabras intuiciones y pensamientos que me rondaban desde siempre pero que nunca había podido pensar con claridad. No podría afirmar que el libro me ofreció soluciones, pues cada personaje sostenía sobre un mismo asunto puntos de vista tan disonantes y convincentes a la vez, que era sumamente difícil darle la razón a alguno. Tal vez esa riqueza de posiciones, la forma como cada quien argumenta (o no) lo que siente y lo que cree, es una de las mayores riquezas de Rayuela, un libro que no le da al lector ideas acabadas acerca de nada y que, por el contrario, le muestra que las seguridades que alguna vez tuvo sobre la vida, la realidad o el amor, son tan relativas como su propia existencia.

Cortázar apuntaba a un tipo de lector activo, cómplice, opuesto al que él llamaba (en boca de Morelli) lector hembra, y que describía como “el tipo que no quiere problemas sino soluciones, o falsos pro­blemas ajenos que le permiten sufrir cómodamente sentado en su sillón, sin comprometerse en el drama que también debería ser el suyo”[1].  Rayuela fue la apuesta cortazariana por hacer una novela que rompiera con los cánones establecidos, y ese intento lo llevó a destrozar la narrativa tradicional, a escribir un libro que es muchos libros, a entretejer mil historias que se conectan de las maneras más insospechadas.

No es posible vivir la experiencia de Rayuela sin ser cómplice de Horacio, de la Maga, de Traveler, de Etienne, de Roland, de Gregorovius, de Talita, de cualquiera de sus muchos y muy bien trazados personajes. No es posible, porque acercarse a Rayuela es justamente eso, una experiencia que se vive y no un relato que se lee. Por eso se trata de un libro que atrapa o que repele, que no da lugar a términos medios: uno se conecta o no entiende nada; se deja envolver por su magia, quedando atrapado largamente, o sale de él a la velocidad de un rayo. Los cronopios del mundo lo saben; los famas, ni se han dado por enterados. Y está bien que así sea.





[1] Julio Cortázar. Rayuela. Cap. 99. Caracas: Biblioteca Ayacucho, 2004. 

viernes, 1 de julio de 2011

El frío terminó siendo lo de menos

En contra de todos los pronósticos, no estoy muriendo de frío y, con el paso de los días, me va dando la impresión de que no lo voy a hacer. Es cuestión de echarse ropa encima, de acostumbrarse a tener 10 kilos de más que no son propios, de disponer de unos cuantos minutos extra para vestirse y revestirse cada día.



Al menos hasta ahora, el frío ha sido lo de menos en este invierno que anuncian inclemente y crudo como pocos. Tal vez me pasó lo mismo que con el tren, que de tanto que me dijeron que iba a ser horrible, terminé preparándome para cosas mucho peores de las que realmente suceden. Ahí donde los ven, el dramatismo femenino y la exageración paisa tienen sus ventajas, y me permitieron estar preparada para una realidad que nunca había vivido y que, en consencuencia, no podía imaginar acertadamente.

Lo que nadie me dijo -aunque debí suponerlo- es que, además del frío, el invierno viene cargado de tristeza, de días brevísimos y muy grises que no son aptos para inmigrantes recién llegados a la adultez que dejaron atrás cosas que se tardaron media vida en construir. Seguramente no es así para todos, habrá quienes estén muertos del frío pero felices de lo que dejaron y lo que vinieron a encontrar y una parte de mí también lo está, y es la que más ha tenido la palabra en este blog, pero a veces otras cosas surgen, el color de rosa palidece ante tanta falta de luz y la presencia de ese sol de utilería que se asoma sólo para recordarnos el calor que no tendremos en tres meses, pero que sí existe en el país que abandonamos.

La división continúa y no la puedo negar. Muerta la novedad, ya no hay nada que oculte la tristeza. 

jueves, 23 de junio de 2011

Confesiones de invierno

Y con la llegada del invierno, ya puedo usar un título que no es parodia, como lo fue en el caso del otoño.

Charly me presta su voz, como tantas otras veces, para decir con toda la crudeza de estos días grises: "Tuve que enfrentarme a mi condición: en invierno no hay sol... Y aunque digan que va a ser muy fácil, es muy duro poder mejorar... hace frío y me falta un abrigo, y me pesa el hambre de esperar..."



De paso y, antes de que sea demasiado tarde, pongo también la Canción para mi muerte, que parece ser mi destino seguro con los anuncios de que este será el peor invierno en los últimos 10 años en Buenos Aires.


lunes, 13 de junio de 2011

Tres meses después...

Tres meses han pasado ya. No puedo decir que se han ido volando, pues el tiempo tiene un ritmo extraño cuando uno no pertenece al lugar en el que transcurre. Se hace pájaro y tortuga, vuela alto y luego se cae, igual que yo. Tres meses, tres casas, dos ciudades habitadas, demasiadas palabras estridentes de las que me escondo en silencios hondos e inexplicados. Si lo pongo en semanas parece mucho más: vendrían siendo doce, casi trece. No sé qué medida me resulta mejor, si la que extiende o la que contrae. Quizá no me convenga ninguna y sería más sensato no pensar en el tiempo, no contarlo, como los presos de todas las películas, sobre todo porque si algo tiene este viaje es que es la afirmación más contundente que he hecho de mi libertad. Me lancé de cabeza hacia el sur que siempre quise, asumí por fin mis deseos postergados, me acepté como única compañera de viaje y vine aquí dejando atrás certezas, seguridades, comodidades… y hasta al gato. 

Hice lo que quería sin pensar en nadie distinto de mí, sin pedir permiso, sin dejarme tentar por las ofertas de estabilidad que empezaban a llegar. Era ahora o nunca. Una postergación más equivalía a la renuncia y sabía muy bien que si renunciaba iba a llegar un momento en mi vida en que no me lo iba a perdonar. Todo fue entonces más acción que pensamiento, una carrera vertiginosa e imparable que terminó en mejores condiciones de las que me hubiera imaginado nunca. El Estado argentino me dio algo que difícilmente me hubiera dado el colombiano: dos años para dedicarme nada más que a estudiar, dos años sin preocuparme por las cuentas que se acumulan, dos años para sentarme a pensar, a leer, a escribir sin prisas, sin pasar por la experiencia casi sacrificial de trabajar ocho horas diarias y estudiar doce semanales, y dormir a duras penas seis cada día… Y lo único que tengo que hacer para pagar es regresar a mi país, entregarle a Colombia lo que Argentina me está dando. Si quería esta tierra desde antes, ¿cómo no amarla ahora? No necesitaba más razones, y sin embargo las tengo. 


(Imagen tomada de: http://bit.ly/lOQm2O)

miércoles, 8 de junio de 2011

Me caigo y me levanto

Como se ha vuelto costumbre en este blog, tomo otro título prestado, esta vez de Cortázar. Me caigo y me levanto es uno de los textos que componen La vuelta al día en 80 mundos, otro nombre que es un reflejo invertido. Los juegos de palabras merecerán alguna vez un espacio aquí, pero hoy el turno es para los golpes y las caídas, que han sido más de la cuenta desde que llegué a Argentina.

Además de las buenas cosas que ya he comentado y otras que me pasan cotidianamente, he pasado también por ciertas doloras experiencias que han dejado sus peores estragos sobre mis rodillas, las cuales ahora se visten permanentemente de morado.

La primera caída sucedió luego de mi también primera pérdida importante, que fue la billetera con la cédula y las tarjetas en una noche que se suponía iba a ser de mate al parque y feria del libro… Pero todo cambió cuando me di cuenta que ya no estaba, y me desgasté buscando, preguntando, yendo a una comisaría que, como todas las del mundo, era una apología a la ineficiencia y la desidia. Saliendo de ahí, ya sin fuerzas y sin ganas de nada, con –literalmente- tres pesos en el bolsillo y un par de amigas que me hicieron la noche menos amarga, aconteció que pisé un empaque vacío y grasoso de alfajor, y me resbalé y me caí, desapareciendo súbitamente del campo visual de Paula que vaya uno a saber qué era lo que me andaba contando. Todo ocurrió en Palermo, el barrio “bien” que después me mostró sus bosques oscuros llenos de travestis y me dejó incomunicada en mi segundo intento de ir a la feria, razones suficientes para que sea un lugar que no está precisamente dentro de mis afectos.

Por un tiempo la cosa estuvo calmada, encontré una nueva casa en una ciudad tranquila y cuadrada hasta la perfección, y caminaba por ella sin sobresaltos, conociendo las calles, sorprendiéndome de tanto verde y tantas plazas, y temiendo por mi vida en cada cruce por la muy particular (y hasta “acolombianada”) forma de manejar que tiene la gente en La Plata. Todo iba bien –digo– hasta que en uno de mis aceleres habituales tropecé con alguno de los muchos desniveles que pululan en los andenes y claro, la velocidad a la que iba más el morral pesado que cargaba, engendraron una caída de proporciones monumentales cuyo saldo fueron mis rodillas moradas, la mano izquierda hinchada y la cara raspada porque, en una maniobra que las palabras no me alcanzan para describir, el morral empujó mi cabeza contra el piso y terminé más lacerada que si me hubiera “ido a las piñas” con alguien (como dirían acá). De yapa, y aunque no entre en la categoría de caídas, debo decir que el perro de la casa me mordió esa misma noche en la mano derecha, dejándome simétricamente lastimada. Cojeando andaba entonces por el mundo, y con esa herida en el rostro que llevaba a todos a mirarme con susto y con pesar… una cosa horrible.

Cuando todo parecía estarse recomponiendo, empezaron nuevamente las pequeñas fatalidades: mi pc comenzó a morirse lentamente y el iPod touch terminó por convertirse en mi único medio de comunicación con el mundo. Esto no es publicidad, es contexto para explicar mi última “caída”, la cual fue vilmente provocada por un ladrón en bicicleta que pretendió arrebatarme el iPod en Buenos Aires, en plena 9 de julio y ante la mirada impávida del Obelisco y de la gente. Ya me han dado suficientes sermones acerca de que no debí sacar el llamativo aparato en ese lugar, pero la fila era larga y la espera prometía serlo más, así que decidí acompañarme de música para hacerla menos fatídica. Evidentemente, no lo conseguí. De todos modos, como desde que llegué me han advertido hasta el cansancio de los peligros que me acechan, tenía el aparato agarrado con fuerza, no sé si mucha, pero en todo caso suficiente para no dejármelo arrebatar tan fácil. Me quedé aferrada a él, seguramente pensando que si me quitaban eso me estaban despojando de mi último contacto con mi ciudad, con mi familia, con mis amigos más cercanos… y no iba a permitirlo, o por lo menos no a facilitarlo. El tipo siguió andando, me arrastró con su impulso, halaba fuerte y me tumbó, pero en la caída logré quedarme con ese pequeño trofeo a la dignidad, con la satisfacción de no haberme dejado vulnerar. Obviamente, quedé también con más morados (hecha toda una Violeta) adolorida y confundida por la reacción de la gente, o más bien por su inacción, porque nadie me ayudó siquiera a levantarme o me preguntó cómo estaba.

Argentina me está dando duro, literalmente.

domingo, 22 de mayo de 2011

Tren al sur

Sí voy en tren. Pese a todas las advertencias, voy en tren casi siempre, por economía a veces pero sobre todo porque me gusta. Argentina es un país de trenes sucios pero hermosos que la atraviesan de lado a lado. De Buenos Aires a La Plata (y viceversa), que es mi recorrido oficial, me demoro una hora y media, treinta minutos más que si viajara en colectivo. Pago con gusto ese tiempo de más, pues disfruto mirar por las ventanas los árboles tan amarillos del otoño, las hojas que empiezan a caer, la gente de todos los colores y las clases... hasta los vendedores, que tienen exactamente el mismo discurso de los de Colombia, como si hicieran parte de alguna multinacional de la miseria. 

De algún modo que no puedo explicar, el tren me hace sentir más viajera, más extranjera, al tiempo que más cercana a la gente de a pie, bellos seres sin grandes pretensiones. 

La mayoría de los argentinos que conozco no usan el tren ni lo recomiendan; se escandalizan de mi uso tan frecuente de ese medio pobre y feo de transporte. A mí no me parece tan horrible como dicen, ni tan poco recomendable... Creo que fueron tantas las advertencias que me hicieron que crearon una imagen exageradísima que, por fortuna, no coincide con la que me he formado yo misma en todos los trayectos recorridos. Que tenga cuidado me dicen siempre, y me voy dando cuenta que eso es algo que ya tengo incorporado porque -tristemente- Medellín nos hizo a todos paranoicos. 

Voy en tren y las estaciones se suceden sin que yo logre saber casi nunca dónde estoy. Sus nombres están vacíos, no me remiten a nada, no se refieren a cosas cuya existencia me conste. Pero siempre hay gente que se baja y que se sube, y eso es suficiente evidencia de que hay vida en esos nombres, vidas de las que no sé y tal vez no llegue a saber nada. Me limito a mirar sin hablar, me hago a un lado cuando me lo piden, oculto en mi silencio que no soy de aquí, que ya no sé de dónde de soy, que estoy triste porque se hace incierto mi regreso y no logro calcular qué tan hondos serán los estragos de tanta distancia.

 
(Tal vez viajar en tren no sea tan buena idea después de todo. Es mucho tiempo para mirar y pensar, para encontrarse con uno mismo. Y ése sí que es un peligro).     

miércoles, 11 de mayo de 2011

Confesiones de otoño

(Segunda entrega)

Poco a poco, la vida se va volviendo cotidiana. El asombro deja de ser mi fiel compañero y la costumbre se instala silenciosa e imponente. Cada vez es menos frecuente esa sensación de extrañeza que me llegaba súbitamente cuando caminaba por calles desconocidas y alzaba la mirada para encontrarme con banderas argentinas, con un paisaje sin montañas, de horizontes infinitos. En esas tardes (siempre me pasaba por las tardes, vaya uno a saber por qué), se me hacía un vacío en el pecho cuando me daba cuenta que ese panorama sería el mío por los próximos años, que esas calles serían una y mil veces recorridas y que no iba a regresar a Medellín mañana.

Todo pasó más pronto de lo que imaginaba, no hicieron falta miles sino sólo unas cuantas caminatas para que todo se me hiciera fatalmente familiar. Me pregunto si eso habla muy mal de mí, si llevo el desarraigo en la sangre, si es sólo que fueron tantos años de anhelo que mi alma se hizo una con este sitio con la mayor naturalidad del mundo.


Desarraigo. Es esa la palabra que me da vueltas. Pero es imprecisa e inapropiada para definir lo que siento. No fui arrancada de raíz; yo me trasladé solita, vine porque quise (como en esa vieja consigna de cuyo surgimiento no quiero acordarme). Medellín sigue palpitando adentro mío y mentiría si dijera que no quiero volver, que ya no me hacen falta sus calles, su gente, sus montañas. Mi condición es otra, la de un alma dividida que está aquí y allá, que ama dos espacios, que se siente parte de ambos aunque, a la hora del té, sea ajena a cada uno de ellos.

(Primera entrega)

Es así. 

Hay días que uno no tiene ganas de nada, pero hay que hacer de todo. Hoy las cosas fueron un poco de ese modo, mucho corre corre, la temperatura enloquecida, personas que actuaban como si no entendieran, un profesor que habló durante cuatro horas de cualquier cosa sin parar, y a una velocidad atroz. Y yo ahí, dejándome llevar por el mundo, por el compromiso, por la responsabilidad y la disciplina, pero queriendo en el fondo solamente estar dormida, no tener que pensar, no ser golpeada por este frío que para mí es excesivo pero que todos me dicen que no es nada porque el invierno -claro- es tres veces peor. Yo, que soy dramática por naturaleza, me preocupo terriblemente ante este anuncio, digo para mis afueras que no sobreviviré, y para mis adentros que definitivamente me voy a morir de frío, que me voy a arrepentir de haber venido, que el invierno va a minar todo lo maravilloso que he encontrado en Argentina porque no voy a ser capaz ni de salir a disfrutarlo. 

Por supuesto nada es tan grave como lo pinto y no me voy a morir; seguramente terminaré por parecer uno de los clochards de Rayuela -con capas y capas de ropa sobre mí- pero sobreviviré, y saldré, y hasta gracia puede que le encuentre a las temperaturas bajo cero, porque hay días que son todo lo contrario de hoy y me animo de lo lindo, y todo me parece llevadero, le pongo buena cara a lo que venga y soy feliz con cosas pequeñitas, me parece que la vida es bella y todo eso. 

Lo malo es que hoy no es un día de esos. Es uno de estos.

domingo, 17 de abril de 2011

La pregunta del millón


Mucha gente, en cada lado de la ecuación, se pregunta por qué somos tantos los colombianos que estamos viniendo a parar a Argentina. Los que están en Colombia y oyen hablar cada vez más seguido de que algún familiar, o el amigo de un amigo están en estos lares, se preguntan qué carajos es lo que están dando más al sur, que todos nos empeñamos en bajar. Y los argentinos, a quienes ya se les ha vuelto habitual escuchar nuestro acento en las calles y en todo lugar al que van, se preguntan qué carajos es lo que no están dando en Colombia, que estamos llegando sin parar. 

Como dejé claro al inicio de este blog, en mi caso venir a Argentina fue algo que siempre quise por razones más bien estéticas, por una afinidad sentida desde hace muchos años con la música y las letras de esta tierra, y creo que también por cierta admiración hacia el espíritu aguerrido de su gente, aunque algunos no vean en ello más que arrogancia. Pero ese no es el tema en discusión en este momento.

Lo es la pregunta por la razón de esta especie de "éxodo", y la verdad es que después de hablar con muchos colombianos que están aquí y con muchos argentinos que conocen colombianos, la respuesta más frecuente tiene que ver con las posibilidades de estudio que ofrece este país, en el que la formación de pregrado es gratuita en las universidades públicas para todo el que esté en suelo argentino y la formación de posgrado tiene precios irrisorios al lado de lo que tenemos que pagar en Colombia, sea en universidades públicas o privadas. Baste decirles que con lo que cuesta hacer una maestría en Colombia, uno puede venir aquí, pagarla completica y prácticamente vivir más o menos dos años (como estudiante, claro) sin necesidad de trabajar siquiera. Sí, veinticinco millones de los nuestros –que es lo cuesta una maestría promedio, al menos en Medellín- alcanzan perfectamente para eso 


Cuando uno le cuenta eso a los argentinos, no lo pueden creer. Aquí la educación es gratuita desde los tiempos de Perón (según me estuvieron contando) y eso no cambió ni durante la última dictadura, ni en sus peores momentos de crisis. Entonces pasa eso, que no lo pueden creer y hasta nos comprenden, nos reciben mejor de lo que uno se imaginaría con esa fama que tienen ellos de engreídos y nosotros de violentos. 

Actividades culturales y educativas hay por montones (sobre todo en Buenos Aires), y muchas son gratuitas. Por ejemplo, cuando llegué había inscripciones para un programa de enseñanza de idiomas patrocinado por el gobierno de la ciudad, y un amigo que lleva ya varios años aquí me dijo que fuéramos a inscribirnos. Yo estaba en un dilema, porque no sabía si estudiar inglés o portugués, y hasta el día que fuimos a anotarnos (que resultó ser el mismo de los exámenes de nivelación) no había tomado la decisión. Cuando íbamos para allá le conté que no sabía cuál escoger, y ahí me llevé mi segunda gran sorpresa -la primera era la existencia del programa mismo-: podía matricularme en los dos, y en tres o cuatro si quería, sin pagar un solo peso, sin escribir ninguna carta solicitando el beneficio. Llegamos y, efectivamente, pude hacer las pruebas para ambos idiomas y una vez establecido mi nivel me preguntaron mi nombre, el número del pasaporte y en cuál de las sedes me quedaba mejor recibir las clases. Pregunté varias veces si querían ver mi pasaporte o tenía que llevar copias a algún lado para oficializar la inscripción pero no, nada de eso era necesario, bastaba con que les dijera el número y ellos me creían y yo podía empezar clases el lunes siguiente.

No digo que Argentina sea un país perfecto; es cierto que no a todos los latinoamericanos los reciben tan bien como a nosotros, que en el norte hay hambre y miseria, que la programación de televisión deja mucho que desear, pero todos son males muy menores comparados con aquellos a los que nosotros estamos acostumbrados y tristemente resignados.

La imagen que acompaña esta entrada la tomé en la rectoría de la universidad donde estoy cursando mi maestría, y cuando la vi me pregunté si alguna vez veremos algo así en Colombia. Como tengo poca fe y he estado durante años vinculada a la Universidad de Antioquia (como estudiante, profesora e investigadora), me temo que es poco probable… todo apunta más bien a lo contrario, a que la educación pública en el nivel superior (que es muy económica para algunos, aunque no gratuita) tiende a reducirse cada vez más y que la formación profesional seguirá siendo un privilegio de los que puedan pagar o tengan un deseo tan decidido que estén dispuestos a endeudarse y empeñar la mitad de su vida para pagar unos estudios que les permitan aspirar a ganarse más de un mínimo.

(En otras noticias, les cuento de pasada que la salud es también gratuita y para todos, que no hay que ser argentino para que te atiendan en urgencias, que los medicamentos que te mandan te los dan en el hospital antes de que salgas para tu casa… pero de eso no sé tanto ya que, por fortuna, no he tenido que pasar por ninguno).
     

jueves, 14 de abril de 2011

Érase una vez mi hermano en Argentina

No encuentro una manera mejor de comenzar que publicar este escrito de diciembre de 2007, cuando mi hermano viajó a la Argentina y se removieron en mí los sueños olvidados de un país en el que, cuando tenía 15 años, juré vivir. Hizo falta casi el doble de ese tiempo para que mi decisión tomara forma, pero lo hizo, y eso es lo que cuenta.

ARGENTINA

Medellín, diciembre 9 de 2007

Me persigue Argentina… o me rehúye, ya no sé. Ese país me desvela, me canta, me enmudece.

Hace ya tiempo que soy presa de su sonido y sus palabras, que río y lloro con gente venida desde allí. Buenos Aires sopla en mi cabeza y es mi hermano, no yo, quien habita esa ciudad, alucinante para él, alucinada para mí, sólo soñada.

La he recorrido con Julio, con Charly, con Rodolfo, en los desesperados bosques de Alejandra, en esas voces inconfundibles que no me canso de escuchar. La he recorrido sin mirarla, sin haber visto jamás una sola calle, sin haber entrado a ningún café, ni visto tango, ni entrado al living de nadie, ni laburado jamás en ningún sitio de allá.

Mi hermano ahora la recorre con sus pies, pisa el asfalto, mira el Obelisco que se eleva omnipotente, que lo observa todo. Yo no estoy allá, pero si está él es un poquito por mí, por la música que escuchó que yo escuchaba, por los libros que dejé regados por la casa, por un alma de cronopio compartida que reverbera en nuestra sangre.

Hoy estuve en Versalles, lugar de un argentino que decidió quedarse aquí. Vi a Borges, vi mate, comí algo de allá pero estando aquí. Luego caminé, subí por una calle que se llama como ese país, me desvíe, entré a Palinuro y allá, enorme, vi una caja que decía ARGENTINA, una caja con un libro de fotos hermosísimas, llenas de colores, de gente, de esa tierra.

De regreso a casa pensé que Argentina me persigue, pero luego caí en cuenta de que tal vez sólo me rehúye. Aparece y desaparece ante mí, se presenta y se esfuma, se van otros, pero no yo. Yo me quedo aquí en Medellín y pienso en Argentina, y leo a Pizarnik y llevo a Cortázar en el alma, pero no dejo este suelo, no vuelo a Buenos Aires, no me voy, no he intentado irme.

Sólo ahora me pregunto por qué; por qué nunca busqué irme y ya ni siquiera lo pienso… Han pasado tantos años desde que Argentina comenzó a fascinarme, desde que yo decía una y otra vez que me iba a ir para allá.