viernes, 27 de julio de 2012

Las comillas son gratis

Este mes, pese a su nombre tan cercano a mis afectos y a quien jamás me canso de leer, las palabras me han sido esquivas. No tengo mucho de qué hablar, o no sé cómo hacerlo de un modo que valga la pena. 

Pero ya que evoqué a Julio, comentaré brevemente un incidente que tuve en Twitter esta semana con alguien que lo fusiló despiadadamente, copiando fragmentos de una frase suya mezclados con palabras propias, no sólo sin usar comillas sino deformando una idea que había sido magistralmente expresada al comienzo del capítulo 18 de Rayuela:


"No ganaba nada con preguntarse qué hacía allí a esa hora y con esa gente, los queridos amigos tan desconocidos ayer y mañana, la gente que no era más que una nimia incidencia en el lugar y en el momento".

Suelo ser muy quisquillosa con eso de las citas, pues si bien concuerdo con Milán Kundera en que "gente hay mucha, ideas pocas", reconozco también que esas pocas ideas pueden expresarse de muy diversas maneras y el arte de la escritura está basado, precisamente, en una selección y combinación de palabras y puntuación, que da como resultado una expresión con cierta cadencia, con un ritmo especial, con una precisión punzante o alegre según aquello de lo que se esté hablando. 

Las palabras en general -por supuesto- no son de nadie, ni tampoco las ideas, pero la forma en que son articuladas produce efectos muy variados y lo mínimo que puede hacerse con un autor que se ama o con el que se establece algún tipo de resonancia es darle el crédito por ese afortunado hecho de haber dicho lo que tantos sienten como poquísimos pueden expresarlo.

Las comillas son gratis, dije ese día y me sostengo. De su uso depende la diferencia -nada sútil- entre el homenaje y el plagio.
  

domingo, 17 de junio de 2012

Decid: ir

No es que las cosas pasen cuando tienen que pasar: pasan cuando pasan, simplemente, y lo que importa es lo que cada uno hace con aquello que sucede. 

Venir a Argentina, por ejemplo, fue algo que anhelé durante largo tiempo y que hubiera podido hacer -de haber contado con la suficiente valentía- mucho antes. Pero no. Innumerables razones me llevaron al aplazamiento: antes de los 16, no tenía ni el dinero ni la autonomía suficientes para tomar semejante decisión y después, habiendo empezado a estudiar en la Universidad, pensé que era mejor terminar la carrera primero, y entre tanto llegaron los amores y el trabajo y cada año, entre más decisiones tomaba, más lejos quedaba ese deseo adolescente y literario de habitar en la tierra que había visto nacer a mis más ilustres e impersonales mentores. 

Tuvo que venir mi hermano antes para que yo me sacudiera, para despertar de mi letargo y revivir con una intensidad desconocida mis ganas de Sur. El incómodo prodigio estaba obrado. Removí todo lo que lenta pero implacablemente había comenzado a anquilosarse y comencé una seguidilla de rupturas que un día de octubre, por una ilusión de estabilidad laboral, dejé en suspenso. Crecer tiene muchas trampas y las peores se activan cuando uno tiene un título y todas las expectativas propias y ajenas advienen como imperativos de seguridad, de crecimiento profesional, de ascenso económico. Ya no está uno para alimentar sueños infantiles, menos en un país que ofrece tan pocas oportunidades como el mío, en el que todo reconocimiento y oferta de trabajo tiende a ser valorado por encima de cualquier cosa, considerándose casi pecado rechazar labores que estén bien remuneradas porque uno no siente que allí vaya a ser feliz. La felicidad no sólo parece un lujo para pocos sino una elección ociosa y romántica, más digna de lástima que de admiración o aprobación. 

Dejé todo en suspenso otra vez aunque el impulso me había alcanzado para buscar unas cuantas maestrías que parecían interesantes y escribir correos preguntando por condiciones y precios. Fue un primer paso minúsculo, pero que tuvo su importancia después, cuando tras un semestre de una maestría carísima -como todas en Colombia- que no me había gustado y la idea de cambiarme a otra más costosa todavía, supe con todo mi cuerpo y sin asomo de duda que era ahora o nunca. Tenía 27 años, un novio maravilloso y un gato, vivía sola en un apartamento alquilado pero que me gustaba, había pasado por un año extrañísimo -de cierta bonanza pero de muchas angustias- y estaba cerrando un ciclo en el trabajo más terrible que tuve jamás.No era fácil -nunca iba a ser fácil- pero esa "impresión cataléptica" (de la que habla Sexto Empírico, y que Martha Nussbaum retoma para explicar el conocimiento del amor) estaba ahí, irrefutable, diáfana, imperiosa: Ahora o nunca. 

Elegí "ahora" porque sabía que el "nunca" se convertiría en un peso imposible de llevar en mis años posteriores. Busqué, escribí, presté atención a algunas cosas y no a otras; hice la apuesta de postularme a una beca aunque sabía que las posibilidades de ganármela eran escasas, y aunque tenía que elegir una maestría de una lista que no había considerado antes. Así, por un asunto más formal que de voluntad, escogí la Universidad de La Plata y esta ciudad, una Maestría en un área que no había considerado estudiar, y de la concatenación entre las cosas que pasaron y las que no, resulté aquí, viviendo en un cuadrado milimétricamente diseñado para perderse pero que ahora puedo recorrer sin tantos extravíos, conociendo gente que llegó también por sus propios azares o que siempre estuvo aquí, y con la que seguramente no me habría cruzado de haber venido antes. Antes no habría escogido La Plata -hubiera sucumbido ante el cliché de Buenos Aires-, ni habría elegido una carrera de posgrado con una vocación tan social. No estaba destinada a venir ni antes ni después: simplemente llegué y confluí con unas condiciones particulares, con unas personas que por aquí pasaban y he buscando construir, a partir de esos encuentros inesperados, un momento para estar feliz, para recordar, para aprender y disfrutar, dure lo que dure.


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Sobre la impresión cataléptica y el conocimiento del amor:
http://saavedrafajardo.um.es/WEB/archivos/Antioquia/011/Antioquia-011-05.pdf


miércoles, 6 de junio de 2012

Otro desafortunado efecto del invierno


Tengo tanta ropa encima que me siento como un "clochard" de los de Rayuela. Ah, qué cruel es la vida: empezar con pretensiones de Maga, descubrir que se está más cerca de Oliveira y terminar en clochard. Lo llamaré "síndrome de degradación rayueliana" y en mis memorias constará que vine a padecerlo en Argentina (aunque tendría que haber sucedido en París).

miércoles, 16 de mayo de 2012

El miedo revivido

Una bomba en Bogotá, muertos, heridos, terror. No es que esto me haya idignado más que otras cosas, que estas víctimas se me hagan más importantes por estar en una ciudad. No. Quienes me conocen saben que los estragos del conflicto y la violencia sin tregua de Colombia me duelen siempre, cada día, que últimamente hasta me dedico a estudiar lo que ha pasado a ver si al menos entiendo alguna cosa. Y todavía no, pero sigo en el camino. 

Lo de ayer me tocó de otra manera porque removió recuerdos profundos y dolorosos, me hizo revivir la sensación de zozobra con la que crecí, el miedo de todo, los estruendos que sonaban casi siempre lejos pero que una noche llegaron a escasas cuadras de la puerta de mi casa. Yo tenía diez años, eran las siete de la noche, habían acabado de servirme la comida (spaggettis, ¡cómo olvidarlo!) y estaba con mis hermanos, uno de siete, que también comía, y el otro de meses, que gateaba por el cuarto. Nos disponíamos a ver Carrusel -un programa infantil que no nos perdíamos-, estaban dando el comercial de Marcelino Pizza y Vino que lo antecedía cada tarde cuando se vino el estallido, la oscuridad absoluta, los gritos de mi madre preguntando por el bebé, yo tirando el plato, corriendo a buscarlo a tientas en el punto de la habitación donde lo había visto segundos antes, cargándolo mientras lloraba. Reunirnos todos, buscar una linterna, corroborar que la ventana de la sala y la del cuarto de mis padres habían volado por completo, que la cama de ellos (donde mi papá estaba acostado mirando un noticiero) estaba llena de vidrios pero él había alcanzado a saltar sin que le pasara nada. Salir a la calle, preguntar, hablar con los vecinos, oír que había heridos, que a una muchacha que pasaba se le incrustaron mil esquirlas en el cuerpo, que la bomba era por esto o por lo otro, que la pusieron junto a un poste de luz, que habían sido 10 o 30 kilos de explosivos. 

Era tarde, demasiado como para conseguir quién reparara las ventanas, así que tuvimos que pasar la noche sin vidrios, temiendo que algo más pasara, que alguien entrara aprovechando que, aunque estábamos en un edificio, el piso era bajo y había quedado a merced del frío y los ladrones. Tuvimos que encerrarnos todos en un ala de la casa, la del otro lado, en la que las ventanas habían resistido. Mamá, papá y tres niños asustados guardando todo lo que tuviera algún valor en un solo cuarto, acostados en la misma cama, abrazados y sin dormir mucho, esperando que amaneciera para ver qué otros daños había, qué nuevas noticias se tenían y llamar a alguien que reparara las ventanas y les pusiera un vidrio reforzado. La vida tenía que seguir, con precauciones cada vez más extremas, pero seguir. 

***
A veces parece que lo olvidara, pero la verdad es que toda la vida he tenido miedo. Por eso fue tan bello ese momento fugaz, cuando llegué a vivir a La Plata, en que me sentí tranquila, caminé sin temores por las calles de una ciudad en plena madrugada con los audífonos puestos, sin ninguna clase de paranoia. Duró poco, fue una sensación basada en el desconocimiento y la fascinación de la novedad, pero por fortuna no me pasó nada y alcancé a saber por un instante lo que se siente ir por la vida sin tener miedo. 


domingo, 8 de abril de 2012

Bienvenidos sean los treinta

Como siempre he sido una mujer de plazos cumplir, llegaré puntual a la cita con mis treinta años. Hace tiempo sabía que estaban en camino, sentía sus pasos acercarse, y en cuestión de horas tocarán a las puertas de mi alma y yo les abriré sin ocultar mi desconcierto, pero invitándolos a pasar para que se reúna con los otros veintinueve que he vivido ya y que han dejado sus marcas -unas visibles, otras vedadas- en esto que por ahora he llegado a ser. 

Siempre me he prometido que no seré de las que se quitan años u ocultan la edad que tienen detrás del trillado "¿cuántos me pones?" que se lanza como respuesta evasiva ante cualquier indagación de esa índole. Desde mañana tendré treinta, y lo diré con cierto temor al principio, como quien ha llegado a un territorio que no conoce y sobre el que se tejen toda clase de mitos. Los muy jóvenes siempre miran esa edad como un punto sin retorno en el que la vejez empieza a cernirse inevitablemente sobre uno. Los que ya la cruzaron o la están transitando afirman que es la mejor época de la vida y, por supuesto, ahora que estoy parada ante esa puerta quiero creer que es cierto, aunque supongo que luego oiré lo mismo respecto a los cuarenta y los cincuenta.

Por ahora sólo sé que me da la impresión de ser un buen momento, pues sigo siendo joven pero ya no soy la ilusa o ingenua de los dieciséis, ni tampoco la irreflexiva de los veintitrés. De todo lo que fui he procurado aprender y ahora trato simplemente de vivir bien, de no chocar de más con el mundo, de estar dispuesta para lo que los días me traigan y hacer con ello lo que me parezca que es mejor, aun si mil veces me equivoco. He aprendido a ser clara, a expresar lo que quiero y no hacer lo que no quiero, a escoger en dónde y con quién estar, a no quedarme callada por guardar las apariencias, pero también a tener cuidado con los otros, a ser sincera sin caer en la franqueza descarnada.

Suena todo a balance, qué cosa. Lo bueno es que puedo declararme satisfecha. 
 


martes, 3 de abril de 2012

Impresiones encontradas

No sé cómo empezar ni por dónde, pero quiero decir algo sobre un par de amonestaciones o advertencias con cariño que recibí sobre mi blog. Dos amigos muy cercanos, que me conocen hace tiempo y a quienes quiero mucho, me dijeron en tono preocupado que tuviera cuidado con lo que escribo, que no me expusiera tanto, que encontraban "muy personales" algunos de los escritos que he publicado en mi blog. 

Yo leo y releo y me digo que sí, que es cierto, que hay cosas muy personales, pero no encuentro que haya ningún problema en ello. Mi blog, de hecho, es un espacio personal, no profesional; no aparece en mi currículo ni está asociado a mi cuenta de correo "seria", no lo difundo más que entre mis amigos y contactos de twitter y, aunque ellos lo compartan y de ese modo pueda llegar a ser leído por desconocidos, no hay ninguna referencia a cómo me llamo o dónde he trabajado como para estar atemorizada acerca de sus efectos.

Aunque me pregunto, ¿cuáles efectos? ¿Qué sería lo tan malo que me podría pasar si se supiera que soy yo quien escribe esas reflexiones sobre un viaje, una beca, tres ciudades, lo que me ha implicado ser mujer, lo que siento respecto del lugar que me vio nacer y en el que he visto morir a tantos? ¿Por qué es inconveniente expresar y dar a conocer ciertas cosas que pienso y siento y que, -según he podido constatar desde que creé Pasajera en trance- otras personas también han sentido? 

Sigo releyendo. Hablo de cómo vivir en Argentina fue un sueño muy temprano, explico por qué elegí títulos y pedazos de canciones para nombrar ese espacio virtual en el que escribo, cuento cómo viajo, qué suscitan en mí las estaciones, qué cosas extraño, qué me gusta de los lugares que he conocido, qué se ha vuelto paisaje, qué palabras me hace falta usar, cómo viví mi regreso temporal a Medellín y algunas cosas que se me ocurren ante acontecimientos puntuales, como la balacera del 7 de febrero o el día de la mujer.

 Caigo en cuenta de algo: mis dos amigos me expresaron sus reservas sobre lo que escribo después del texto del 8 de marzo. E intuyo que lo que les hizo ruido no fue tanto que mencionara que durante años peleé con la idea de ser mujer, o que diga que mi padre me dedicaba "Niña bonita", o que jugaba fútbol (aunque también muñecas). 

No. Me temo que eso no es lo personal que les inquieta. Lo que encendió sus alarmas -creo- fue que entre las varias cosas que menciono digo sin eufemismos que odiaba menstruar. Y eso no se dice. Las mujeres a duras penas podemos decir que estamos con la regla o que nos llegó el período, y en contextos más informales he oído un rebuscadísimo: "tengo al América de Cali jugando de local". Aquí en el sur hay que decir: "estoy indispuesta", por más vital que uno se sienta. Pero preferiblemente no debemos decir nada al respecto, con ninguna palabra, sobre todo no con aquella que más directamente nombra eso que nos sucede cada mes salvo que la maternidad o la menopausia acechen. 

Puedo estar equivocada y voy a preguntarles; seguramente no fue sólo eso y hay otras razones más elaboradas y sensatas. Uno de ellos se refirió a que las cosas que digo podrían no ser bien vistas en futuros lugares de trabajo. El otro, con mucha cautela y afecto, me expresó sus diferencias respecto a la difusión abierta de relatos tan íntimos. Agradezco su cuidado y su preocupación, pero no comparto sus temores ni sus reservas. Pasajera en trance es, más que cualquier otra cosa, un ejercicio literario, un lugar para pensar en voz alta y, también, para hacer visibles ciertas facetas de mí misma que suelen quedar ocultas debajo de mis silencios cotidianos. Nada de lo que he publicado me parece demasiado íntimo o por lo menos se trata de cosas que no me molesta ni me perturba que se sepan. Siempre pienso en eso antes de dar el clic final. 

martes, 27 de marzo de 2012

En esta estación me bajo yo

Confirmado: no me gustan las estaciones. Ese salto extremo de los muchos grados a los ínfimos me hace mal, me daña el genio, me agrieta los días. 

Los extremos no son lo mío. Qué vivan el trópico y la dialéctica, los puntos intermedios, los calorcitos suaves, el viento fresco pero no gélido.

Te quiero mucho, Argentina, pero nunca podré acostumbrarme a tus vaivenes. No llores por mí, que de las lágrimas me encargo yo. 


Imagen tomada de: http://magic-astrid-potter.blogcindario.com/2011/12/00235-un-ano-mas-salvador-novo.html