miércoles, 16 de mayo de 2012

El miedo revivido

Una bomba en Bogotá, muertos, heridos, terror. No es que esto me haya idignado más que otras cosas, que estas víctimas se me hagan más importantes por estar en una ciudad. No. Quienes me conocen saben que los estragos del conflicto y la violencia sin tregua de Colombia me duelen siempre, cada día, que últimamente hasta me dedico a estudiar lo que ha pasado a ver si al menos entiendo alguna cosa. Y todavía no, pero sigo en el camino. 

Lo de ayer me tocó de otra manera porque removió recuerdos profundos y dolorosos, me hizo revivir la sensación de zozobra con la que crecí, el miedo de todo, los estruendos que sonaban casi siempre lejos pero que una noche llegaron a escasas cuadras de la puerta de mi casa. Yo tenía diez años, eran las siete de la noche, habían acabado de servirme la comida (spaggettis, ¡cómo olvidarlo!) y estaba con mis hermanos, uno de siete, que también comía, y el otro de meses, que gateaba por el cuarto. Nos disponíamos a ver Carrusel -un programa infantil que no nos perdíamos-, estaban dando el comercial de Marcelino Pizza y Vino que lo antecedía cada tarde cuando se vino el estallido, la oscuridad absoluta, los gritos de mi madre preguntando por el bebé, yo tirando el plato, corriendo a buscarlo a tientas en el punto de la habitación donde lo había visto segundos antes, cargándolo mientras lloraba. Reunirnos todos, buscar una linterna, corroborar que la ventana de la sala y la del cuarto de mis padres habían volado por completo, que la cama de ellos (donde mi papá estaba acostado mirando un noticiero) estaba llena de vidrios pero él había alcanzado a saltar sin que le pasara nada. Salir a la calle, preguntar, hablar con los vecinos, oír que había heridos, que a una muchacha que pasaba se le incrustaron mil esquirlas en el cuerpo, que la bomba era por esto o por lo otro, que la pusieron junto a un poste de luz, que habían sido 10 o 30 kilos de explosivos. 

Era tarde, demasiado como para conseguir quién reparara las ventanas, así que tuvimos que pasar la noche sin vidrios, temiendo que algo más pasara, que alguien entrara aprovechando que, aunque estábamos en un edificio, el piso era bajo y había quedado a merced del frío y los ladrones. Tuvimos que encerrarnos todos en un ala de la casa, la del otro lado, en la que las ventanas habían resistido. Mamá, papá y tres niños asustados guardando todo lo que tuviera algún valor en un solo cuarto, acostados en la misma cama, abrazados y sin dormir mucho, esperando que amaneciera para ver qué otros daños había, qué nuevas noticias se tenían y llamar a alguien que reparara las ventanas y les pusiera un vidrio reforzado. La vida tenía que seguir, con precauciones cada vez más extremas, pero seguir. 

***
A veces parece que lo olvidara, pero la verdad es que toda la vida he tenido miedo. Por eso fue tan bello ese momento fugaz, cuando llegué a vivir a La Plata, en que me sentí tranquila, caminé sin temores por las calles de una ciudad en plena madrugada con los audífonos puestos, sin ninguna clase de paranoia. Duró poco, fue una sensación basada en el desconocimiento y la fascinación de la novedad, pero por fortuna no me pasó nada y alcancé a saber por un instante lo que se siente ir por la vida sin tener miedo. 


domingo, 8 de abril de 2012

Bienvenidos sean los treinta

Como siempre he sido una mujer de plazos cumplir, llegaré puntual a la cita con mis treinta años. Hace tiempo sabía que estaban en camino, sentía sus pasos acercarse, y en cuestión de horas tocarán a las puertas de mi alma y yo les abriré sin ocultar mi desconcierto, pero invitándolos a pasar para que se reúna con los otros veintinueve que he vivido ya y que han dejado sus marcas -unas visibles, otras vedadas- en esto que por ahora he llegado a ser. 

Siempre me he prometido que no seré de las que se quitan años u ocultan la edad que tienen detrás del trillado "¿cuántos me pones?" que se lanza como respuesta evasiva ante cualquier indagación de esa índole. Desde mañana tendré treinta, y lo diré con cierto temor al principio, como quien ha llegado a un territorio que no conoce y sobre el que se tejen toda clase de mitos. Los muy jóvenes siempre miran esa edad como un punto sin retorno en el que la vejez empieza a cernirse inevitablemente sobre uno. Los que ya la cruzaron o la están transitando afirman que es la mejor época de la vida y, por supuesto, ahora que estoy parada ante esa puerta quiero creer que es cierto, aunque supongo que luego oiré lo mismo respecto a los cuarenta y los cincuenta.

Por ahora sólo sé que me da la impresión de ser un buen momento, pues sigo siendo joven pero ya no soy la ilusa o ingenua de los dieciséis, ni tampoco la irreflexiva de los veintitrés. De todo lo que fui he procurado aprender y ahora trato simplemente de vivir bien, de no chocar de más con el mundo, de estar dispuesta para lo que los días me traigan y hacer con ello lo que me parezca que es mejor, aun si mil veces me equivoco. He aprendido a ser clara, a expresar lo que quiero y no hacer lo que no quiero, a escoger en dónde y con quién estar, a no quedarme callada por guardar las apariencias, pero también a tener cuidado con los otros, a ser sincera sin caer en la franqueza descarnada.

Suena todo a balance, qué cosa. Lo bueno es que puedo declararme satisfecha. 
 


martes, 3 de abril de 2012

Impresiones encontradas

No sé cómo empezar ni por dónde, pero quiero decir algo sobre un par de amonestaciones o advertencias con cariño que recibí sobre mi blog. Dos amigos muy cercanos, que me conocen hace tiempo y a quienes quiero mucho, me dijeron en tono preocupado que tuviera cuidado con lo que escribo, que no me expusiera tanto, que encontraban "muy personales" algunos de los escritos que he publicado en mi blog. 

Yo leo y releo y me digo que sí, que es cierto, que hay cosas muy personales, pero no encuentro que haya ningún problema en ello. Mi blog, de hecho, es un espacio personal, no profesional; no aparece en mi currículo ni está asociado a mi cuenta de correo "seria", no lo difundo más que entre mis amigos y contactos de twitter y, aunque ellos lo compartan y de ese modo pueda llegar a ser leído por desconocidos, no hay ninguna referencia a cómo me llamo o dónde he trabajado como para estar atemorizada acerca de sus efectos.

Aunque me pregunto, ¿cuáles efectos? ¿Qué sería lo tan malo que me podría pasar si se supiera que soy yo quien escribe esas reflexiones sobre un viaje, una beca, tres ciudades, lo que me ha implicado ser mujer, lo que siento respecto del lugar que me vio nacer y en el que he visto morir a tantos? ¿Por qué es inconveniente expresar y dar a conocer ciertas cosas que pienso y siento y que, -según he podido constatar desde que creé Pasajera en trance- otras personas también han sentido? 

Sigo releyendo. Hablo de cómo vivir en Argentina fue un sueño muy temprano, explico por qué elegí títulos y pedazos de canciones para nombrar ese espacio virtual en el que escribo, cuento cómo viajo, qué suscitan en mí las estaciones, qué cosas extraño, qué me gusta de los lugares que he conocido, qué se ha vuelto paisaje, qué palabras me hace falta usar, cómo viví mi regreso temporal a Medellín y algunas cosas que se me ocurren ante acontecimientos puntuales, como la balacera del 7 de febrero o el día de la mujer.

 Caigo en cuenta de algo: mis dos amigos me expresaron sus reservas sobre lo que escribo después del texto del 8 de marzo. E intuyo que lo que les hizo ruido no fue tanto que mencionara que durante años peleé con la idea de ser mujer, o que diga que mi padre me dedicaba "Niña bonita", o que jugaba fútbol (aunque también muñecas). 

No. Me temo que eso no es lo personal que les inquieta. Lo que encendió sus alarmas -creo- fue que entre las varias cosas que menciono digo sin eufemismos que odiaba menstruar. Y eso no se dice. Las mujeres a duras penas podemos decir que estamos con la regla o que nos llegó el período, y en contextos más informales he oído un rebuscadísimo: "tengo al América de Cali jugando de local". Aquí en el sur hay que decir: "estoy indispuesta", por más vital que uno se sienta. Pero preferiblemente no debemos decir nada al respecto, con ninguna palabra, sobre todo no con aquella que más directamente nombra eso que nos sucede cada mes salvo que la maternidad o la menopausia acechen. 

Puedo estar equivocada y voy a preguntarles; seguramente no fue sólo eso y hay otras razones más elaboradas y sensatas. Uno de ellos se refirió a que las cosas que digo podrían no ser bien vistas en futuros lugares de trabajo. El otro, con mucha cautela y afecto, me expresó sus diferencias respecto a la difusión abierta de relatos tan íntimos. Agradezco su cuidado y su preocupación, pero no comparto sus temores ni sus reservas. Pasajera en trance es, más que cualquier otra cosa, un ejercicio literario, un lugar para pensar en voz alta y, también, para hacer visibles ciertas facetas de mí misma que suelen quedar ocultas debajo de mis silencios cotidianos. Nada de lo que he publicado me parece demasiado íntimo o por lo menos se trata de cosas que no me molesta ni me perturba que se sepan. Siempre pienso en eso antes de dar el clic final. 

martes, 27 de marzo de 2012

En esta estación me bajo yo

Confirmado: no me gustan las estaciones. Ese salto extremo de los muchos grados a los ínfimos me hace mal, me daña el genio, me agrieta los días. 

Los extremos no son lo mío. Qué vivan el trópico y la dialéctica, los puntos intermedios, los calorcitos suaves, el viento fresco pero no gélido.

Te quiero mucho, Argentina, pero nunca podré acostumbrarme a tus vaivenes. No llores por mí, que de las lágrimas me encargo yo. 


Imagen tomada de: http://magic-astrid-potter.blogcindario.com/2011/12/00235-un-ano-mas-salvador-novo.html

jueves, 8 de marzo de 2012

Y nací mujer...

Ser mujer fue algo que simplemente me pasó. Mi padre puso su cromosoma "x" y, plaff, resultó que su primogénita fue una niña, aunque el nombre que siempre había pensado para tan importante ocasión era masculino. Por fortuna después llegaron mis hermanos, ambos varones, y pudo usar su amado nombre (reflejo en pequeño del suyo) sin hacer maromas.

Igual algo de ese deseo de que fuera niño me transmitió, unas dosis de manera inconsciente y otras cuantas cuando, en cada cumpleaños me cantaba o me hacía cantar "Niña bonita", pretendiendo que semejante confesión me hiciera feliz. No sé si conocen la canción pero, para que sepan, empieza diciendo lo siguiente:

Yo creo que a todos los hombres
les debe pasar lo mismo
que cuando van a ser padres
quisieran tener un niño

Luego les nace una niña
sufren una decepción
y después la quieren tanto
que hasta cambian de opinión.

Cada cumpleaños -lo confieso- terminaba secretamente enojada, y a eso de los once comencé a protestar oficialmente por esa dedicatoria obligada que al final decía que a uno lo querían mucho, pero casi que por pura resignación. Igual no hubo poder humano que impidiera que mi papá siguiera vinculándome con ella y todavía jura y come tierra que es la canción más bella que un padre puede dedicarle a su hija. Y yo aprendí a quererlo así.

El caso es que jamás fui demasiado femenina, jugaba fútbol cuando no estaba de moda entre las mujeres, me vestía con ropa bastante ancha y alguna vez uno de esos niños que derrochan sinceridad, luego de mirarme fijamente por varios minutos tuvo que preguntarme que yo qué era: si niño o niña (para entonces yo tendría unos trece años). Claro que también tuve muñecas, vestí barbies, me puse tiernos vestiditos, pero a la larga me hacían más feliz los planes más gamines y me gustaba salir a correr por el barrio o montar en patines que reunirme con mis amigas a jugar con el pequeño pony.

Mi mamá, pese a que me miraba con cierto desconsuelo, nunca me impidió que hiciera lo que quería, no me obligó a quedarme quietecita y bien sentada, no se enojó cuando le dije que yo con mucho gusto le ayudaba a organizar la casa si mis hermanos también lo hacían y, en una muestra de estoicismo supremo, se resignó ante mi negativa rotunda a tener fiesta de 15. A esas alturas, parece que comprendió que ya nada podía hacer para cambiarme y convertirme en muñequita y decidió quererme así, tan impulsiva y repelente como era.

Hoy me puse a pensar en esto por aquello del día de la mujer, del que han hablado todo el día en las redes sociales -unos dejando flores virtuales, otros burlándose, unos cuantos más recordando el sentido histórico de esta fecha y muchas también expresando la molestia que les causa-.

Me dio por hacer memoria y recordé que durante mucho tiempo peleé con la idea de ser mujer, me daba rabia sentirme más débil, odiaba menstruar, me indignaba tener que disfrazarme para asistir a ciertos lugares y fui mil veces impertinente cuando pretendieron que yo supiera hacer cosas domésticas por el simple hecho de ser niña. Un poco tarde me llegó la aceptación también a mí, comencé a ver el mundo y a encontrarme con mujeres encantadoras que me mostraron que hay muchas maneras de ejercer la feminidad, que no hay que renegar de lo rosado para trascender los estereotipos, que hay muchos hombres que respetan y admiran a las mujeres inteligentes y valientes, que no es verdad que todos las prefieran brutas y rubias y que, por lo demás, pocas son así.

Tuve la fortuna de que me permitieran ser como quise, de que no me metieran en moldes y ahora que ya he vivido media existencia puedo afirmar sin dudarlo que me gusta ser mujer, tener la sensibilidad alborotada, compartir la histeria con mis amigas, poder conseguir pequeñas cosas con una simple mirada, ser cuidada y cuidar a otros, hacer cada día lo que se me canta.

lunes, 13 de febrero de 2012

Medellín, entre el miedo y la esperanza

No me tocó la balacera del 7 de febrero estando en casa, pero todos dicen que fue aterradora y demasiado larga. Una explosión primero y luego disparos aquí y allá, de sonidos variados, de resonancias más o menos hondas que permitían inferir que el enfrentamiento era entre varios combos y que había toda una gama de armas diferentes, peligrosísimas todas, de esas que cada vez tienen más largo alcance.


Yo estaba en la calle con unos amigos y eso era casi peor que estar con mi familia en la casa, pues si por casualidad venía llegando en ese instante, alguna cosa horrible me podía suceder. La cosa horrible sería, por supuesto, que una bala perdida (una más perdida que todas las que estaban saliendo a ráfagas) me encontrara en el camino y me dejara tendida por ahí, herida o muerta según lo que el azar llegara a disponer. Previendo tan trágico destino, mi hermano me llamó a preguntarme dónde estaba, me avisó lo que pasaba y me dijo que no me demorara... al menos no mucho. Tenía que demorarme un poco, calcular al tanteo los minutos del peligro porque irme en ese momento era arriesgarme, pero quedarme afuera mucho rato también. Recordé entonces cuando el que no había llegado era él y las que llamábamos a hacer las advertencias éramos mi madre y yo, y que es una historia de todos los días en esta puta ciudad que se llama Medellín, que adoro con toda el alma pero en la que siempre, siempre, he tenido miedo. 

El lunes la balacera fue en Belén, pero las hay cada semana aquí o allá, y las balas más perdidas (porque todas lo son) alcanzan a niños, a estudiantes en plena Facultad, a muchachas que ven televisión en la sala de su casa, a señores que vuelven del trabajo en Metrocable. A veces las cosas se calman y a uno hasta se le olvida que el peligro está acechando, pero eventos así, donde lo que se oyen no son tres tiros de sicario sino los ecos continuados de un enfrentamiento, nos recuerdan que aunque mucho se ha hecho aquí no se ha solucionado nada.

Siempre quise creer en el eslogan de Fajardo, ese que repitió en sus viajes por el mundo: "Medellín, del miedo a la esperanza", pero aunque es verdad que la esperanza ha empezado a ganar terreno, también lo es que el miedo persiste y es inmenso. El eslogan es muy bonito y expresa una esperanza en sí mismo, pero no nos lo podemos creer. No podemos ni aunque queramos, porque la realidad -implacable como siempre- está ahí para mostrarnos que no se ha dado un paso desde lo uno hacia lo otro, como cosas que se dejan atrás. Sin embargo, la mera coexistencia indica ya que el miedo no prevalece solito sobre nuestro valle de lágrimas, y eso, aunque no sea victoria, ya es ganancia: una pequeñita, pero que se puede potenciar. 

Contada así, reconociendo más bien que Medellín está entre el miedo y la esperanza, veo una historia en la que puedo creer y de la que quiero hacer parte a ver si alguna vez se puede decir lo otro con plena convicción, habiendo pasado de verdad de un lado al otro. 

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jueves, 12 de enero de 2012

Entretanto

Como otras palabras más forzosas no me salen, escribiré aquí, en esta especie de bitácora pública que, más  que del viaje, parece serlo ahora de mi vida. Lo quiero hacer desde hace varios días, especialmente por la sensación que imperó en mí cuando estuve de visita en Palinuro, pero también por otras cosas que he pensado y he vivido en estos días vertiginosos del regreso momentáneo. Ya se ha ido casi un mes y no he parado, no he terminado de saludar a todos los amigos ni visitar los lugares a los que me propuse ir. 

Tal vez todo sería más sencillo si tuviera una lista pero nunca me han gustado, y las pocas que he hecho en la vida han sido sistemáticamente ignoradas y luego encontradas por ahí en inoficiosos papelitos o archivos olvidados. Prefiero confiar en mi memoria e ir haciendo acuerdos de encuentros o simplemente no tener nada previsto y salir a caminar para ver adónde me llevan los pasos y las ganas.

La visita a "Palinuro, libros leídos" fue una experiencia así en una tarde que quedó libre y que decidí dedicarle a esas tertulias espontáneas con Luis, el librero y amigo de todos que siempre lo recibe a uno con una sonrisa y mil historias. Casi nunca está sólo él pues el espacio, aunque pequeñito, tiene un magnetismo impresionante que atrae a jóvenes y a viejos, a adultos recientes y a adolescentes tardíos, a niños de todas las edades y, casi siempre, todo termina en una conversación de amigos espontáneos y esporádicos unidos por un vínculo ineludible con la palabra y las historias. 


Siempre que paso una tarde en Palinuro salgo feliz y renovada, aunque también un poco inquieta por el camino que elegí, por esa psicología que no se me nota y esa academia a veces tan fría, tan árida y escueta. Nunca he dejado de escribir ni de leer literatura, pero cuando salgo de allí no puedo evitar pensar que es más lo que no leo y no escribo, que claudiqué muy pronto, que terminé caminando nada más que por las márgenes aunque ese centro me convoque tanto. Hay algo amargo en esa plenitud pasajera, un leve desgarramiento producido por el desajuste entre el sentimiento de que ese es mi lugar y la constatación de que no es así, de que soy meramente una invitada que pasa de vez en cuando pero que nunca termina de pertenecer.

Al final de cuentas creo que no importa, que ya es una gran fortuna el solo hecho de poder ser acogida allí siempre que voy, hayan pasado meses o años. Y lo es también que eso me pasa en otros lugares, que con el tiempo he ido encontrando distintos espacios donde me siento a gusto y en los que puedo toparme con gente (conocida a veces, simplemente afín, otras) con la que resueno o hago clic sin mayor esfuerzo y con la que puedo hablar tardes o noches enteras sin aburrirme, descubriendo que esa idea adolescente de que estaba sola en el mundo y era el colmo de la diferencia estaba -¡menos mal!- errada.