viernes, 27 de julio de 2012

Las comillas son gratis

Este mes, pese a su nombre tan cercano a mis afectos y a quien jamás me canso de leer, las palabras me han sido esquivas. No tengo mucho de qué hablar, o no sé cómo hacerlo de un modo que valga la pena. 

Pero ya que evoqué a Julio, comentaré brevemente un incidente que tuve en Twitter esta semana con alguien que lo fusiló despiadadamente, copiando fragmentos de una frase suya mezclados con palabras propias, no sólo sin usar comillas sino deformando una idea que había sido magistralmente expresada al comienzo del capítulo 18 de Rayuela:


"No ganaba nada con preguntarse qué hacía allí a esa hora y con esa gente, los queridos amigos tan desconocidos ayer y mañana, la gente que no era más que una nimia incidencia en el lugar y en el momento".

Suelo ser muy quisquillosa con eso de las citas, pues si bien concuerdo con Milán Kundera en que "gente hay mucha, ideas pocas", reconozco también que esas pocas ideas pueden expresarse de muy diversas maneras y el arte de la escritura está basado, precisamente, en una selección y combinación de palabras y puntuación, que da como resultado una expresión con cierta cadencia, con un ritmo especial, con una precisión punzante o alegre según aquello de lo que se esté hablando. 

Las palabras en general -por supuesto- no son de nadie, ni tampoco las ideas, pero la forma en que son articuladas produce efectos muy variados y lo mínimo que puede hacerse con un autor que se ama o con el que se establece algún tipo de resonancia es darle el crédito por ese afortunado hecho de haber dicho lo que tantos sienten como poquísimos pueden expresarlo.

Las comillas son gratis, dije ese día y me sostengo. De su uso depende la diferencia -nada sútil- entre el homenaje y el plagio.
  

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