lunes, 13 de febrero de 2012

Medellín, entre el miedo y la esperanza

No me tocó la balacera del 7 de febrero estando en casa, pero todos dicen que fue aterradora y demasiado larga. Una explosión primero y luego disparos aquí y allá, de sonidos variados, de resonancias más o menos hondas que permitían inferir que el enfrentamiento era entre varios combos y que había toda una gama de armas diferentes, peligrosísimas todas, de esas que cada vez tienen más largo alcance.


Yo estaba en la calle con unos amigos y eso era casi peor que estar con mi familia en la casa, pues si por casualidad venía llegando en ese instante, alguna cosa horrible me podía suceder. La cosa horrible sería, por supuesto, que una bala perdida (una más perdida que todas las que estaban saliendo a ráfagas) me encontrara en el camino y me dejara tendida por ahí, herida o muerta según lo que el azar llegara a disponer. Previendo tan trágico destino, mi hermano me llamó a preguntarme dónde estaba, me avisó lo que pasaba y me dijo que no me demorara... al menos no mucho. Tenía que demorarme un poco, calcular al tanteo los minutos del peligro porque irme en ese momento era arriesgarme, pero quedarme afuera mucho rato también. Recordé entonces cuando el que no había llegado era él y las que llamábamos a hacer las advertencias éramos mi madre y yo, y que es una historia de todos los días en esta puta ciudad que se llama Medellín, que adoro con toda el alma pero en la que siempre, siempre, he tenido miedo. 

El lunes la balacera fue en Belén, pero las hay cada semana aquí o allá, y las balas más perdidas (porque todas lo son) alcanzan a niños, a estudiantes en plena Facultad, a muchachas que ven televisión en la sala de su casa, a señores que vuelven del trabajo en Metrocable. A veces las cosas se calman y a uno hasta se le olvida que el peligro está acechando, pero eventos así, donde lo que se oyen no son tres tiros de sicario sino los ecos continuados de un enfrentamiento, nos recuerdan que aunque mucho se ha hecho aquí no se ha solucionado nada.

Siempre quise creer en el eslogan de Fajardo, ese que repitió en sus viajes por el mundo: "Medellín, del miedo a la esperanza", pero aunque es verdad que la esperanza ha empezado a ganar terreno, también lo es que el miedo persiste y es inmenso. El eslogan es muy bonito y expresa una esperanza en sí mismo, pero no nos lo podemos creer. No podemos ni aunque queramos, porque la realidad -implacable como siempre- está ahí para mostrarnos que no se ha dado un paso desde lo uno hacia lo otro, como cosas que se dejan atrás. Sin embargo, la mera coexistencia indica ya que el miedo no prevalece solito sobre nuestro valle de lágrimas, y eso, aunque no sea victoria, ya es ganancia: una pequeñita, pero que se puede potenciar. 

Contada así, reconociendo más bien que Medellín está entre el miedo y la esperanza, veo una historia en la que puedo creer y de la que quiero hacer parte a ver si alguna vez se puede decir lo otro con plena convicción, habiendo pasado de verdad de un lado al otro. 

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jueves, 12 de enero de 2012

Entretanto

Como otras palabras más forzosas no me salen, escribiré aquí, en esta especie de bitácora pública que, más  que del viaje, parece serlo ahora de mi vida. Lo quiero hacer desde hace varios días, especialmente por la sensación que imperó en mí cuando estuve de visita en Palinuro, pero también por otras cosas que he pensado y he vivido en estos días vertiginosos del regreso momentáneo. Ya se ha ido casi un mes y no he parado, no he terminado de saludar a todos los amigos ni visitar los lugares a los que me propuse ir. 

Tal vez todo sería más sencillo si tuviera una lista pero nunca me han gustado, y las pocas que he hecho en la vida han sido sistemáticamente ignoradas y luego encontradas por ahí en inoficiosos papelitos o archivos olvidados. Prefiero confiar en mi memoria e ir haciendo acuerdos de encuentros o simplemente no tener nada previsto y salir a caminar para ver adónde me llevan los pasos y las ganas.

La visita a "Palinuro, libros leídos" fue una experiencia así en una tarde que quedó libre y que decidí dedicarle a esas tertulias espontáneas con Luis, el librero y amigo de todos que siempre lo recibe a uno con una sonrisa y mil historias. Casi nunca está sólo él pues el espacio, aunque pequeñito, tiene un magnetismo impresionante que atrae a jóvenes y a viejos, a adultos recientes y a adolescentes tardíos, a niños de todas las edades y, casi siempre, todo termina en una conversación de amigos espontáneos y esporádicos unidos por un vínculo ineludible con la palabra y las historias. 


Siempre que paso una tarde en Palinuro salgo feliz y renovada, aunque también un poco inquieta por el camino que elegí, por esa psicología que no se me nota y esa academia a veces tan fría, tan árida y escueta. Nunca he dejado de escribir ni de leer literatura, pero cuando salgo de allí no puedo evitar pensar que es más lo que no leo y no escribo, que claudiqué muy pronto, que terminé caminando nada más que por las márgenes aunque ese centro me convoque tanto. Hay algo amargo en esa plenitud pasajera, un leve desgarramiento producido por el desajuste entre el sentimiento de que ese es mi lugar y la constatación de que no es así, de que soy meramente una invitada que pasa de vez en cuando pero que nunca termina de pertenecer.

Al final de cuentas creo que no importa, que ya es una gran fortuna el solo hecho de poder ser acogida allí siempre que voy, hayan pasado meses o años. Y lo es también que eso me pasa en otros lugares, que con el tiempo he ido encontrando distintos espacios donde me siento a gusto y en los que puedo toparme con gente (conocida a veces, simplemente afín, otras) con la que resueno o hago clic sin mayor esfuerzo y con la que puedo hablar tardes o noches enteras sin aburrirme, descubriendo que esa idea adolescente de que estaba sola en el mundo y era el colmo de la diferencia estaba -¡menos mal!- errada. 

jueves, 29 de diciembre de 2011

Volver


Y el ansiado, temido y cacareado regreso, aconteció. Volví a Medellín en plan de vacaciones, en pleno fin de año y por momentos me da la impresión de no haberme ido nunca. Volver a lo propio, al lugar que es de uno y que conformó gran parte de lo que uno es, se torna una operación casi natural. 


La ciudad tiene cosas nuevas, pero es en esencia la misma y estar en ella, recorrer sus calles y visitar los lugares que me gustan es como retomar la vida luego de haberle puesto “pause", como a una película. Al menos eso parece al principio y a grandes rasgos, porque entrados en detalles y mirando más de cerca, la película no se detuvo. Por supuesto que no lo hizo pues, para empezar, no es una. Las vidas de todos siguieron su rumbo y algunos ya no viven en las casas que conocí, otros están casados, algunos cambiaron de trabajo o salieron de la universidad, mi gato ahora ya no es sólo mi mascota sino la de toda la familia y el tiempo hizo pequeñas fisuras en los vínculos, imperceptibles la mayoría pero que en ciertos momentos se perciben. 


Nada es grave ni irremediable; todo hace parte del camino que elegí recorrer este año y que me llevó un poco más lejos que de costumbre, más al sur, donde estaba puesta desde hace mucho una parte de mis sueños. No diré que ha sido fácil: en otros escritos he dejado entrever las dudas, la tristeza, las incertidumbres. Sin embargo, no tengo nada de qué quejarme: ha sido lo que quise, lo que decidí y he vivido también momentos maravillosos, me he reído a carcajadas, he conocido la tranquilidad en todas sus formas, he aprendido lo indecible. 


Los que me conocen hace tiempo y están aquí, en el lugar al que volví y desde donde hoy escribo, han sabido acompañarme en mi decisión y en la distancia, haciéndola menos pesada y abriendo de nuevo sus brazos a mi retorno, haciéndome otra vez un lugar en el mundo. Y los que están allá, en mi nuevo espacio vital, me han recibido con toda la disposición para hacerme sentir como en casa, para mostrarme cómo se vive lejos de ella y cómo es posible querer a más personas, hacer nuevos amigos y reconocer las muchas caras que tiene la existencia. 

A los de aquí, a los de allá, a los virtuales, infinitas gracias por haber hecho de este año uno que jamás voy a olvidar.



lunes, 5 de diciembre de 2011

Buenos Aires, a solas con vos


Se me va la vida parodiando títulos, lo sé. Usaré en mi defensa a Kundera, quien sabiamente dijo: “Gente hay mucha, ideas pocas: todos pensamos aproximadamente lo mismo y las ideas nos las traspasamos, las pedimos prestadas, las robamos”

Esta vez el parodiado es Gonzalo Arango (1), que tuvo su momento de soledad con Medellín y le dedicó algunas de las palabras más bonitas que le han dicho a esa ciudad de contrastes y pasiones. No pude evitar pensar en “Medellín, a solas contigo” a partir de mi experiencia de los últimos días en Buenos Aires, ciudad que ha vuelto a recibirme momentáneamente antes del viaje de vacaciones a Colombia.

A diferencia de mi primera vez como su habitante de tiempo completo, llego a un lugar que ya conozco, que puedo recorrer sin preguntar…

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Sola en Buenos Aires. Sola y en una casa vacía. La ciudad, mi soledad y yo hechas una cada noche, rodeadas de silencio y de un viento que llora en vez de silbar, que por momentos parece gritar. Oscuridad parcial y una ventana en un piso muy alto, edificios que se apiñan unos sobre otros y que no me permiten ver ni siquiera el Obelisco, pese a que la zona en que se encuentra debería estar –al menos en teoría- dentro del campo visual que esta altura me otorga.

Cemento y más cemento, y montones de lucecitas rojas que titilan y se burlan de mi incomunicación forzada, me recuerdan que allá afuera hay miles de casas que cuentan con televisión satelital e internet, mientras yo a duras penas cuento con una lámpara para moverme por la casa. Con el paso de los días he dejado de necesitarla. El espacio es pequeño y no hay mucho con lo que pueda tropezarme, así que prefiero apagarla para hacerla cómplice de la oscuridad.

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Ah, la oscuridad, ese bien tan escaso desde hace poco menos de un mes, cuando la primavera decidió vestirse presurosamente de verano y hacer que los días sean larguísimos y las noches de una brevedad que me agobia y me entristece porque soy de esos seres tipo gato, que prefieren el silencio y la penumbra, que no saben qué hacer con tanto calor y tanta luz. Pero Argentina es así, un país con estacione, de extremos, y me dio ya su cuota de días helados y grises que también fueron difíciles porque yo estaba acostumbrada a días –digamos– balanceados, con sol entre las 6 y las 18 y oscuridad las 12 horas siguientes. Pero qué se le va a hacer, es el karma de vivir al sur que tengo que asumir por haber abandonado el centro de la tierra.

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Vuelvo a Buenos Aires y mi soledad en ella. Del cemento he dicho suficiente, pero no hablé todavía del ritmo de las calles, de su “acelere” perpetuo, ese estado vertiginoso que no se detiene ni en domingo. Ayer salí a caminar por Corrientes y estaba igual que en un día se semana, con mares de gente que caminaban también, iban al teatro, buscaban libros, miraban un partido de fútbol, y no uno cualquiera, pues la emoción podía respirarse y su causa estaba reflejada en esas camisetas azules y amarillas que muchos lucían con orgullo y felicidad, haciendo de cualquier esquina o café un ámbito de complicidad y camaradería. Buenos Aires ayer se llamaba Boca Juniors, o al menos eso decía el eco de los cánticos que brotaban por donde quiera que pasaba y que en la 9 de Julio con Corrientes tomaba cuerpo en una masa cargada de banderas que celebraba cada gol como si su vida toda dependiera del resultado del partido. Y tal vez lo hace, o al menos lo parece en esos 90 minutos en los que ninguna otra cosa importa y sólo puede respirarse una pasión que vibra y que los une a todos por un rato, los saca del cacareado individualismo porteño.        

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Recordé que siempre me ha parecido mágico ese efecto de cohesión que propicia el fútbol y que disfruto enormemente de esos momentos de finales nacionales o mundiales cuando uno sabe que en cada casa hay al menos una persona frente al televisor, con la vida suspendida mientras el partido se juega, y son entonces millones de personas listas para lamentarse o celebrar lo que suceda. Pocas cosas me sobrecogen tanto como el grito generalizado de “goooooooooooooool” o la exclamación de un “Uhhhh” cuando algo sale mal, y que hacen eco sobre la ciudad, un eco espontáneo que producen todas esas voces que se expresan al unísono sin haberse puesto de acuerdo previamente, sin estar reunidas en ningún lugar particular, estando por una vez cada tanto tiempo conectadas en torno a lo mismo, a un ideal superfluo quizá, pero que da cuenta de que existe al menos la posibilidad de comunión, aunque no dure. Lo efímero no quita lo sublime.

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Cosas así me hace pensar Buenos Aires cuando estoy a solas con ella, y otras tantas que tal vez escriba después, cuando el cansancio deje de vencerme. 



(1) Aquí, "Medellín, a solas contigo": http://www.gonzaloarango.com/ideas/medellin.html

sábado, 26 de noviembre de 2011

Más duele

No sé si duele más, pero se ve distinto, tristemente peor. Hablo de mi país, de esa Colombia que se sigue desangrando sin clemencia, esa en la que hace ya demasiados años no pasa un solo día sin que alguien sea asesinado. El sábado fueron cuatro más, cuatro miembros de la fuerza pública que llevaban más de una década secuestrados y a los que las FARC asesinaron por la cercanía del ejército, como si no les hubieran quitado ya suficiente vida, como si ese secuestro prolongado no hubiera sido más que atroz.

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Trato de ser objetiva, de pensar que es una probabilidad que siempre estuvo, que la lógica de la guerra es así. Pero de sólo pensarlo, me asalta el desconcierto: ¿cuál lógica de la guerra? ¿acaso tiene sentido la guerra, sobre todo esta que consume a Colombia hace tantos años? Por supuesto que ha de tener alguno, que es rentable para muchos, no sólo económica sino también políticamente. Claro que hay una lógica ahí, perversa, pero lógica al fin y al cabo, una de tantas posibilidades de esa naturaleza humana ante la que yo, como psicóloga, no me debería sorprender. 

Pero el saber no lo libra a uno del sentir, todo lo que he leído no me alcanza para entender lo que sucede o, más bien, para comprender que haya tanta gente dispuesta a vivir matando y mucha más gente acostumbrada a vivir entre muertos, a veces pasándoles literalmente por encima para ir a estudiar o a trabajar. Me digo también que eso es comprensible, que es un mecanismo adaptativo, que de otra manera habría sido insufrible la existencia para varias generaciones de colombianos, incluyendo la mía. Sólo que de lejos se me hace increíble que de verdad hayamos aprendido a vivir así y estemos tan poco interesados en dejar de hacerlo, que sigan siendo tan pocas las voces que se levantan contra la violencia, la desigualdad, la corrupción, la falta de oportunidades, los abusos del estado y de los grupos armados, y otros mil problemas que tenemos y que nos parecen tan normales, o al menos tan parte de lo que somos que ni nos inmutamos por cambiarlos. 

Nunca me he sentido ni orgullosa ni avergonzada de ser colombiana, puesto que la nacionalidad no se elige, pero la distancia sí ha hecho que piense más detenidamente en lo que implica, en los estigmas que cargamos y nos encargamos de perpetuar, en la forma tan dañina que tenemos de relacionarnos con el mundo, sobre todo con el más cercano, el que menos vemos.

Como escribía hace poco en twitter, a veces me parece que Colombia no es un país, es un colapso con presidente. Y tanto del colapso como del presidente somos todos responsables, por más que no esté dentro de nuestros planes aceptarlo. 









viernes, 4 de noviembre de 2011

Cerca de la revolución

El ángel vigía. Así se llamaba el recital de Charly al que fui hace un par de semanas en Buenos Aires. Ya sabía yo que iba a morir de la emoción, pues bastaba poder escuchar Desarma y sangra en vivo para que la felicidad ante tanta belleza me invadiera. Y claro que eso pasó, pero las emociones fueron más. Sobre todo porque no esperaba ver a un Charly tan lúcido y tan conectado con el público, pues hace años nos tiene acostumbrados a actuaciones erráticas y olvidos de letras que le perdonamos siempre porque a un dios no se lo juzga.

Iba preparada para verlo no tan bien, y mi sorpresa fue inmensa cuando lo descubrí lleno de energía, bailando, tocando el piano y acompañado por una banda fenomenal con un nombre provocador: The prostitution. Al principio todo era silencio y cuando empezaron a proyectar las carátulas de todos sus discos acompañadas de pequeños fragmentos de canciones, supe de una forma contundente lo que había presentido siempre: que de Charly y todos sus grupos es la banda sonora principal de mi vida, así como la de muchos otros que han descubierto en la hermosura desgarrada de sus letras un espejo de las propias angustias y alegrías.

Muy pronto dejé de cantar y comencé a gritar, a unirme a ese coro espontáneo que atestaba el Gran Rex y que adoraba a ese genio que le ha visto mil veces la cara a la locura y a la muerte hasta volverlas sus eternas compañeras, las que persisten pero no se lo pueden llevar a ningún lado porque la vida que lo inunda siempre ha sido más fuerte.

Al borde de la euforia clamé I´m not in love, y ya cerca del delirio, con los ojos cerrados y subida a una silla (de la que después amable y civilizadamente me pidieron bajar) descubrí lo profundo que me llega la letra de Esos raros peinados nuevos.

Todo era fuerza y fiesta, rock en estado puro que llegó al éxtasis cuando después de mucho pedir que regresara nos dio tres canciones más que no estaban incluidas en el programa: Cerca de la revolución, Fanky e Instituciones, esta última ya sin la parsimonia de Sui Generis, vuelta energía desbordada, convertida en rabia y más rock.

Les dejo algunas fotos y vídeos, todos pésimos por la distancia del escenario y la precariedad de mi cámara, pero una muestra al fin de lo que viví esa noche:












lunes, 31 de octubre de 2011

Siete meses sin coger

(En realidad van a ser ocho, pero prefiero los números impares)


Hace tiempo venía pensando que tenía que escribir sobre esto, pero no ha sido fácil. Hay temas que uno no sabe cómo abordar, que son espinosos, que pueden resultar hasta incómodos para algunos, demasiado personales. Pero se llegó la hora de decirlo: Argentina me arrebató el inmenso placer de coger. 

Y me lo quitó -¡vaya paradoja!- porque aquí le dan un solo y orgásmico sentido a ese polifacético verbo que, en mi tierra, se usa para todo: uno coge desde el bus hasta la cuchara y le dice a los amigos "cogeme esto" (señalando cualquier objeto) y ellos lo toman por vos y te lo pasan, sin mirarte lascivamente. Uno también "se las coge en el aire" cuando entiende mensajes ultracifrados, coge impulso y, por si fuera poco, a uno lo coge la tarde, la pereza, el desaliento, el sueño. Cuando alguien pregunta cómo llegar a algún lado, uno le dice "coja derecho por aquí tres cuadras y llega" y si de hablar de guerrilleros se trata, las señoras explican que tal o cual muchacho "cogió pa´l monte". Se "coge" a alguien en la mentira cuando se descubre un engaño, se cogen materias y seminarios en la Universidad... ¡¡¡hasta los vicios se cogen!!! (¿Se acuerdan de sus  mamás quejándose de que el niño cogió el vicio de no tender la cama, o cualquier otro?). 

Cogiendo se nos va la vida... pero acá no se puede. Acá todo se toma o se agarra. Y a veces funciona: tomar el colectivo suena sensato o agarrar los libros, pero son muchas las expresiones que no pueden usarse ya, no sólo porque algunas no van a entenderlas, sino también para evitar miradas de reproche o risitas maliciosas ante un "cogeme la mochila", que era una solicitud inocente.

Es sumamente complicado manejar el destierro lingüístico de un verbo tan útil, tan cargado de sentidos. Lo único que me consuela es que los colombianos no somos los únicos que sufrimos: he hablado con españoles, mexicanos, ecuatorianos, venezolanos y todos padecen como nosotros esa pérdida obligada. Ya cogeremos tranquilos cuando volvamos. 

Como dato curioso, les cuento que el Diccionario de la RAE incluye 32 acepciones del verbo coger y aquella que se refiere a "realizar el acto sexual" (sic) es la 31. Pa´ que piensen quiénes son los raros. (Compruébelo aquí: http://buscon.rae.es/draeI/SrvltConsulta?TIPO_BUS=3&LEMA=coger)