Historias mínimas y cotidianas de una pasajera que vino al sur por fin, luego de anhelarlo largamente.
domingo, 10 de junio de 2018
Perderse
martes, 24 de diciembre de 2013
Últimas palabras
Se acabó el viaje y, según
parece, también las ganas de escribir. Ellas se fueron antes, hace casi seis
meses ya, y no han vuelto. En consecuencia, tengo las palabras atrancadas y muy
pocas cosas qué decir que no haya dicho ya. O que no hayan dicho otros, que es
casi lo mismo en este tiempo de información pululante.
Ya casi nada es tan especial como
para contarlo, aunque como vivencia personal sea maravilloso y reconfortante. Hago
hincapié en esto porque son dos cosas distintas. Poder viajar, vivir en otros
países, encontrarse de un momento a otro compartiendo con gente de mil lugares,
aprendiendo sobre lo que de común y diferente hay en los modos como somos y
vivimos, es algo que nadie debería perderse, que abre la mente, que lo sitúa a
uno en otra frecuencia y lo dispone a hacer cosas que en la sempiterna
seguridad de la tierrita y de la casa, probablemente no haría jamás. Enseña a vivir
con poco –a veces con lo mínimo-, a responder en serio por uno mismo, a ser
menos orgulloso y más solidario, a no ser ni tan miedoso ni tan melindroso, a
descubrir facetas que ni por casualidad se habían contemplado. Yo, por ejemplo,
le encontré el gusto a la cocina, y una de las amigas más entrañables que me
quedaron después de la experiencia (sí, Zelmilla, es con vos) me mostró que esa
transformación no era para nada nimia, que indicaba que no sólo había aprendido
a cuidar con esmero de mí misma, sino que ahora lo disfrutaba. Cuando ella me
conoció, en una casa en la que compartíamos habitación (otra cosa que nunca
había tenido que hacer en la comodidad de mi hogar), yo comía por deber y no
muy bien, y ella me miraba perpleja, me convidaba de sus vegetales y se ponía a
hablar del montón de significados que tienen los alimentos, su preparación, el
acto mismo de alimentarse. He ahí sólo un ejemplo, sencillo y trascendental, de
lo que me pasó a mí y por lo que digo que todo aquel que quiera y pueda,
debería tomar el riesgo de salir de los confines de su ínfimo universo
conocido.
No sé si es la nostalgia ante la
culminación del viaje –del trance-, si simplemente estoy cansada de exhibirme
por escrito, o si he descubierto que hay tantos y mejores blogs que el mío
sobre gente que se va, que he dejado de encontrarle sentido a mantener este. Entre
más navego por el mar de información y datos que es internet, más constato que
Kundera tenía razón cuando dijo que “gente hay mucha, ideas pocas”, que “todos
pensamos aproximadamente lo mismo”. Él lo dijo por allá, a principios de los
noventa, cuando las vidas de personas comunes y corrientes eran todavía
bastante anónimas, así que sospecho que no es que esa realidad haya cambiado. Es
sólo que ahora es una evidencia aplastante y yo prefiero no seguir redundando,
al menos no tan públicamente.
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*Santa Elena es una división rural
que pertenece a la ciudad de Medellín, en la que la temperatura promedio es de
14.5°C
viernes, 26 de julio de 2013
Póngale el almita al texto
Ya es hora de volver a decir algo. El silencio es hermoso pero no siempre es bueno. No es bueno cuando se torna permanente. Tampoco cuando es el resultado de un nudo en la garganta. Es horrible querer decir algo y no ser capaz, no atreverse. Es casi peor sentirse obligado a enmudecer, sentir que cualquier cosa que se diga carecerá de sentido o podrá ser usado en tu contra.
De vez en cuando me encuentro con profesores que celebran esos pequeños guiños literarios, pero hay otros -casi siempre los más jóvenes-, que condenan mi tendencia a mezclar estilos y dicen, a veces con razón, que el trabajo analítico queda subsumido en los ejericios estilísticos. Ahora que lo pienso bien, esto me pasó desde muy temprano: en uno de los primeros cursos de la universidad, un profesor, cuando fui a preguntarle por qué había sacado 3.5 en un trabajo que me entregó sin una sola observación, me dijo: "Ah, vos sos la que escribe como Andrés Caicedo". Yo no supe si saltar en una pata de la felicidad por la comparación o sentarme a llorar porque iba a ser un fracaso en la academia.
Al final, no salieron tan mal las cosas y fui encontrando una especie de equilibrio entre decir las cosas bien y decirlas también bonito. A veces no logro ni lo uno ni lo otro, pero bueno... lo sigo intentado.
martes, 12 de marzo de 2013
Escribir es otra forma de callar
Varios reclamos sutiles me han hecho ya por lo abandonado que tengo el blog. Qué cosa sorprendente esa, que haya gente que se acostumbra a leerlo a uno y hasta lo extraña. Cuando empecé a publicar cositas que se me iban ocurriendo, no me imaginé que fueran a tener muchos lectores, y menos que algunos de ellos se iban a volver casi asiduos. Ahora que existen y me dicen que por qué no he vuelto a escribir, que los tengo decepcionados, se me abren algunos interrogantes sobre esa relación tan persistente pero a la vez tan inestable con la escritura que he tenido desde niña.
Comencé a escribir muy chiquita, quizá de tanto leer y también porque hablar me daba alguito de miedo, no me fluía gran cosa. En cambio llenar hojas con palabras me parecía de lo más sencillo, iba saliendo así nomás, como si todo eso que no decía a viva voz quisiera salir de otra forma, una silenciosa e íntima, pero exterior al fin y al cabo.
Lo que sí es un hecho desde esa escritura temprana es que acontece cuando quiero, por oleadas espontáneas, y sólo a fuerza de mucha disciplina consigo domeñarla para que sirva a los trabajos académicos u otras producciones más formales, pero no es lo mismo. Por más que disfrute de escribir y, a fuerza de tanto hacerlo, haya terminado por adquirir cierta habilidad y corrección en su ejecicio, sería incapaz de convertirme oficialmente en escritora e incluso quienes se dedican a ser columnistas semanales de revistas o periódicos me despiertan tanta admiración como perplejidad, pues no me imagino a mí misma teniendo la responsabilidad de entregar puntualmente un texto cada ocho días, incluso si el tema es libre.
La meta que me puse cuando abrí el blog fue redactar al menos una entrada por mes, y ni eso he logrado cumplirlo, aunque tal vez se compensen los vacíos de algunos meses con aquellos otros en que publiqué dos o tres texticos. La verdad es que pensé que eso no iba a importarle a nadie ni sería notorio y es por eso que me ha resultado tan sorprendente que haya unos cuantos amigos que me preguntan cuándo es que voy a volver a escribir. Menos mal son amigos y no editores. Menos mal son personas a quienes simplemente les gusta leerme, pero no se lucran (como tampoco lo hago yo) de mis palabras. Ser escritor de tiempo completo, así, como un trabajo, debe ser de las cosas más difíciles del mundo.
Seguiré prefiriendo que escribir sea otra cosa, una forma de callar, pero expresando; un silencio con sentido que puede durar y ser leído aunque no suene, aunque no tenga eco. Escribiré cuando llegue el momento, cuando sienta que quiero o necesito hacerlo. Algo distinto no puedo prometer.
Volví para decir esto, para pedir disculpas y también paciencia, para dar las gracias a los que leen, y disculparme por las molestias ocasionadas.
martes, 11 de diciembre de 2012
No llores por mí, Argentina. (Hoy me toca a mí)
Ya casi es hora de partir. De irme. De volver. Hace uno muchas cosas al tiempo cuando no es de aquí ni de allá, aunque más preciso sería decir que se es de dos lugares.
Adiós, Argentina y hasta la próxima. Me quedé sin dar muchos abrazos de despedida, pero bueno, llegarán después y más inmensos. Gracias a todos los que estuvieron al principio, los que me hicieron sentir como en casa desde que llegué, a los que fueron llegando, a quienes me hicieron reír, de quienes tanto aprendí. Gracias infinitas a los que me acompañaron en aquel infausto episodio del agua, los que se volvieron mi sostén y mi familia y me dieron motivos para quedarme cuando pensé que no iba a ser capaz de seguir. Gracias a los que estuvieron siempre, a los que fueron y vinieron, a los que escribían así no tuvieran tiempo de un café o un mate.
No los nombro uno por uno porque la lista sería larguísima y porque no quiero que la memoria me juegue una mala pasada. La Maestría no garantiza nada cuando se llevan varios días sin dormir y la ansiedad se mezcla con la tristeza, con la incertidumbre, con tantos sentimientos que un viaje implica.
Gracias, en fin, a la vida, que me ha dado tanto, como canta una de las más grandes poniéndole voz a lo que escribió otra igual de inmensa.
viernes, 7 de diciembre de 2012
Descubriendo el agua tibia
He descubierto que la consecuencia inevitable -y obvia por demás- de no ser de aquí ni ser de allá es que tampoco sé qué pasa cuando viajo: si me voy o si vuelvo.
Hago las dos cosas, por supuesto, pero ya no tengo claridad sobre cuál es el lugar de partida y cuál el de llegada y eso es lo raro de todo. Siempre me estoy yendo. Siempre estoy llegando.
Al final, la única certeza es que nunca me quedo.
Me acordé de una canción. Será mi himno temporal.
Me siento en casa en América
Hago las dos cosas, por supuesto, pero ya no tengo claridad sobre cuál es el lugar de partida y cuál el de llegada y eso es lo raro de todo. Siempre me estoy yendo. Siempre estoy llegando.
Al final, la única certeza es que nunca me quedo.
Me acordé de una canción. Será mi himno temporal.
EL EXTRANJERO
(Enrique Bunbury)
Una barca en el puerto me espera
no sé donde me ha de llevar
no ando buscando grandeza
sólo esta tristeza deseo curar
Me marcho y no pienso en la vuelta
tampoco me apena lo que dejo atrás
solo sé que lo que me queda
en un solo bolsillo lo puedo llevar
Me siento en casa en América
en Antigua quisiera morir
poarecido me ocurre con con africa
Asilah, Essaouira y el rif
Pero allá donde voy me llaman el extranjero
dodne quiera que estoy el extranjero me siento
También extraño en mi tierra
aunque la quiera de verdad
pero mi corazpón me aconseja
los nacionalismos que miedo me dan
Ni patria ni bandera
ni raza ni condición
ni limites ni fronteras
extranjero soy
Pero allá donde voy
me llaman el extranejro
dodne quiera que estoy
el extranjero me siento
porque allá donde voy me llaman el extranjero
dodne queira que estoy
el extranjero me siento
domingo, 4 de noviembre de 2012
Argentina y su cicatriz en mí
Llevo días –meses ya- intentando
escribir sobre la quemadura que sufrí en agosto de este año. Todos los intentos han fallado, unos porque me
avasallan los recuerdos y me quedo sin palabras, y otros porque simplemente no
me gusta lo que sale.
Fue un jueves muy temprano, uno
de esos días que empiezan como todos pero que en un instante cambian el curso
de tu vida, alteran cualquier orden conocido y te recuerdan de la manera más
cruda que estar vivo puede llegar a doler mucho.
No voy a entrar en detalles que
he contado mil veces acerca de cómo pasó. Diré simplemente que iba a hacerme un
café, que calenté el agua más de la cuenta, que puse la taza donde no debía y
que por descuido y torpeza terminé volcándome toda el agua encima. En realidad ya era café, ya olía rico, a Colombia. Pero Colombia se me vino encima y me laceró de la manera más literal que lo ha hecho hasta ahora, me produjo el peor de los dolores que he sentido jamás.
Entre ese momento y aquel en que
por fin llegó alguien a ayudarme –era temprano, estaba sola en mi casa, casi no
encuentro quién pudiera venir hasta mi casa- todo es borroso. Sé que por un
instante me pareció salir de mí, no podía creer lo que pasaba y lo que sentía;
corrí al baño porque algo en mi memoria se activó y sabía que tenía que
quitarme la ropa antes de que se pegara de la piel ardiente y echarme mucha
agua fría. Ese fue quizá el momento más terrible de todos los momentos
terribles por los que pasé: ver cómo la piel se me desprendía y quedaba en
carne viva, rojísima, brillante, lacerante. (Todavía me estremezco cuando lo
recuerdo, rechazo la imagen que me llega, no quiero verla más).
Estuve a punto de desmayarme pero
de algún lado saqué fuerza y pude contenerme. Me senté en el suelo, respiré
profundo, me dije que estaba sola y que no podía darme el lujo de perder la
consciencia… nadie se iba a enterar de lo que me había pasado si yo no avisaba,
así que evité como pude que mi cuerpo cediera en su instinto primario de
desconectarse para no sentir. Vinieron chorros de agua y de lágrimas, una angustia
que crecía con el ardor, un sentimiento de desprotección sin límite. ¿Qué hacía
yo tan lejos de mi casa, de mi madre, de todo lo que alguna vez fue mío? ¿Qué
iba a hacer si nadie me contestaba el celular o veía mi mensaje, cómo iba a
llegar hasta la clínica si no podía caminar?
Al fin pude comunicarme con una
amiga que llegó un rato después, cuando ya estaba cubierta de ampollas. Mientras
esperaba, lloré desconsolada y llamé a mi casa por teléfono. En Medellín eran
las 6:30 de la mañana, así que fue la primera llamada del día. Me contestó mi
mamá todavía medio dormida y yo me desplomé apenas escuché su voz. Pobrecita
ella. No alcanzo a imaginar su angustia cuando escuchaba mis sollozos y ese
balbuceo en el que trataba de decirle que me había quemado, que dolía lo
indecible, que no sabía qué hacer, que por favor se viniera, que estaba sola y
desesperada.
Cuando mi amiga Lorena (ya casi
mi hermana, adoptada oficialmente por mi familia tras este episodio) llegó,
disimuló lo mejor que pudo su impresión por el estado de mi pierna y me dijo
sin pensarlo: “vámonos ya para el hospital”. De alguna forma pude caminar las
dos cuadras y ahí empezó el suplicio de las curaciones –dos diarias, de las
cuales solo la primera me la hicieron en el hospital-, el ritual de lavarme la
herida a la mañana y a la noche con un jabón nuevo cada vez y envolverme en
papel transparente y gasa para prevenir una infección, el miedo de dormir y
lastimarme al moverme, el desconsuelo cada vez que me miraba los primeros días
y seguía estando en carne viva.
Pero más allá del dolor y la
impotencia, de las semanas sin caminar y los días en que sentía que no iba a
ser capaz de seguir lidiando con eso lejos de mi familia; más allá de los
litros de lágrimas derramados y los kilos perdidos, he de reconocer que me
sentí tremendamente acompañada, que muchos de mis nuevos amigos de aquí y muchos
también desde Medellín y otros lugares, hicieron cuanto estuvo en sus manos
para que el proceso no fuera tan difícil: me visitaron, me ayudaron con las
curaciones, se quedaron a veces a dormir conmigo, me llamaron todos los días,
me enviaron su energía día a día, me prepararon la comida, fueron a hacer las
compras de la casa y las de la farmacia, me hicieron reír y también lloraron
conmigo, me alentaron a no dejar todo tirado, cortaron aloe vera en la calle y
me enseñaron a extraer sus cristales, dieron junto a mí los primeros pasos el
día que volví a salir luego de un mes de encierro, me consintieron y me
ayudaron de todas esas maneras a que no se me fuera por completo la fuerza. Mi
casa parecía a veces la cumbre de las Américas y era maravilloso: México,
Chile, Colombia, Ecuador, Cuba, confluyeron en Argentina para no dejarme desfallecer.
A todos ustedes -los que vinieron, los que llamaron, los que escribieron, los
que preguntaron- infinitas gracias por estar ahí y haber sido mi sostén.
***
Ahora ya pasaron casi tres meses,
volví a caminar como si nada y sólo me quedaron los trabajos académicos acumulados
–de los que estoy saliendo poco a poco- y una cicatriz muy particular ella, en
forma de mapa de Argentina. Tanta obsesión por este país me terminó marcando no
sólo metafórica, sino también literalmente.
Así es la vida.
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